jueves, 3 de noviembre de 2011

3 de Noviembre - San Martín de Porres


San Martín de Porres
3 de Noviembre

Nació en la ciudad de Lima, Perú, el día 9 de diciembre del año 1579. Fue hijo de Juan de Porres, caballero español de la Orden de Calatrava, y de Ana Velásquez, negra libre panameña. Martín es bautizado en la iglesia de San Sebastián, donde años más tarde Santa Rosa de Lima también lo fuera. Son misteriosos los caminos del Señor: no fue sino un santo quien lo confirmó en la fe de sus padres. Fue Santo Toribio de Mogrovejo, primer arzobispo de Lima, quien hizo descender el Espíritu sobre su moreno corazón, corazón que el Señor fue haciendo manso y humilde como el de su Madre. A los doce Martín entró de aprendiz de peluquero, y asistente de un dentista. La fama de su santidad corre de boca en boca por la ciudad de Lima. Martín conoció al Fraile Juan de Lorenzana, famoso dominico como teólogo y hombre de virtudes, quien lo invita a entrar en el Convento de Nuestra Señora del Rosario. Las leyes de aquel entonces le impedían ser religioso por el color y por la raza, por lo que Martín de Porres ingresó como Donado, pero él se entrega a Dios y su vida está presidida por el servicio, la humildad, la obediencia y un amor sin medida. San Martín tiene un sueño que Dios le desbarata: "Pasar desapercibido y ser el último". Su anhelo más profundo siempre es de seguir a Jesús. Se le confía la limpieza de la casa; por lo que la escoba será, con la cruz, la gran compañera de su vida. Sirve y atiende a todos, pero no es comprendido por todos. Un día cortaba el pelo a un estudiante: éste molesto ante la mejor sonrisa de Fray Martín, no duda en insultarlo: ¡Perro mulato! ¡Hipócrita! La respuesta fue una generosa sonrisa. San Martín llevaba ya dos años en el convento, y hacía seis que no veía a su padre, éste lo visita y… después de dialogar con el P. Provincial, éste y el Consejo Conventual deciden que Fray Martín se convierta en hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios por su profesión religiosa. El P. Fernando Aragonés testificará: "Se ejercitaba en la caridad día y noche, curando enfermos, dando limosna a españoles, indios y negros, a todos quería, amaba y curaba con singular amor". La portería del convento es un reguero de soldados humildes, indios, mulatos, y negros; él solía repetir: "No hay gusto mayor que dar a los pobres". Su hermana Juana tenía buena posición social, por lo que, en una finca de ella, daba cobijo a enfermos y pobres. Y en su patio acoge a perros, gatos y ratones. Pronto la virtud del moreno dejó de ser un secreto. Su servicio como enfermero se extendía desde sus hermanos dominicos hasta las personas más abandonadas que podía encontrar en la calle. Su humildad fue probada en el dolor de la injuria, incluso de parte de algunos religiosos dominicos. Incomprensión y envidias: camino de contradicciones que fue asemejando al mulato a su Reconciliador. Los religiosos de la Ciudad Virreinal van de sorpresa en sorpresa, por lo que el Superior le prohíbe realizar nada extraordinario sin su consentimiento. Un día, cuando regresaba al Convento, un albañil le grita al caer del andamio; el Santo le hace señas y corre a pedir permiso al superior, éste y el interesado quedan cautivados por su docilidad. Cuando vio que se acercaba el momento feliz de ir a gozar de la presencia de Dios, pidió a los religiosos que le rodeaban que entonasen el Credo. Mientras lo cantaban, entregó su alma a Dios. Era el 3 de noviembre de 1639. Su muerte causó profunda conmoción en la ciudad. Había sido el hermano y enfermero de todos, singularmente de los más pobres. Todos se disputaban por conseguir alguna reliquia. Toda la ciudad le dio el último adiós. Su culto se ha extendido prodigiosamente. Gregorio XVI lo declaró Beato en 1837. Fue canonizado por Juan XXIII en 1962. Recordaba el Papa, en la homilía de la canonización, las devociones en que se había distinguido el nuevo Santo: su profunda humildad que le hacía considerar a todos superiores a él, su celo apostólico, y sus continuos desvelos por atender a enfermos y necesitados, lo que le valió, por parte de todo el pueblo, el hermoso apelativo de "Martín de la caridad".

Fuente: ACIprensa http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=330

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos
«Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado»

Lectura del libro de Job 19, 1. 23-27a

«Job tomó la palabra y dijo: ¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá en monumento se grabaran, y con punzón de hierro y buril, para siempre en la roca se esculpieran! Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro».

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Filipenses 3,20-21

«Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 15, 33-39; 16, 1- 6

«Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: = “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?”, - que quiere decir - = “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” = Al oír esto algunos de los presentes decían: “Mira, llama a Elías”. Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: “Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle”. Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?” Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron”».

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El 2 de noviembre es el día de todos los fieles difuntos. Cuando coincide con el Domingo, como ocurre este año, se celebra la misa por todos los fieles difuntos y se propone a la meditación de la asamblea el hecho cierto de la muerte que, tarde o tempra¬no, alcanzará a todos. Ante la muerte no hay distin¬ción de sexo, ni de raza, ni de condición so¬cial: la muerte alcan¬za a todos por igual. Con la muerte cesan también todas las diferen¬cias que los hombres nos hemos creado en esta vida.

Éste es justamente el vínculo entre las lecturas: la actitud que tenemos ante el misterio de la muerte. Job apoya su esperanza en la seguridad de que su: «Redentor está vivo y que él, el último, se levantará sobre el polvo». San Pablo recuerda a los filipenses su vocación última: ser «ciudadanos del cielo». Finalmente en el Evangelio de San Marcos leemos como la Muerte y la Resurrección de Jesús es el fundamento y la esperanza de nuestra propia resurrección.

 Un poco de historia…

La conmemoración que celebramos fue instituida por San Odi¬lón, quinto abad de Cluny, el año 998 cuando decretó que en todos los monasterios bajo su jurisdicción, se hiciese una conmemoración festiva de todos los fieles difuntos el 2 de noviembre invitando a quien quisiese sumarse a esta piadosa iniciativa. La influencia de aquella ilustre Congregación hizo que se adoptara bien pronto este uso en todo el orbe cristiano, y que este día fuese en algunas partes fiesta de guardar.


 ¿Qué celebramos?

Después de haber celebrado la Iglesia, en medio del regocijo la gloria de Todos los Santos que constituyen la Iglesia reinante en el Cielo, la Iglesia peregrina de la tierra extiende su maternal solicitud hasta aquel lugar de inenarrables tormentos, en que se ven sumidos aquellos que también pertenecen a la Iglesia que llamamos purgante . En ninguna parte como aquí la liturgia anuncia de una manera tan explícita la misteriosa comunión que estrecha a la Iglesia triunfante con la militante y la purgante, y nunca tampoco aparece más claro el doble deber de caridad y de justicia que fluye naturalmente de su misma incorporación al Cuerpo Místico de Cristo.

Sabemos que, en virtud del dogma de fe de la Comunión de los Santos, los méritos y sufragios de los unos vienen a ser también de los demás, en virtud de una comunidad de bienes espirituales; de manera que, sin mermar los derechos de la divina justicia, que con todo rigor se nos aplican al fin de nuestra vida, la Iglesia puede unir aquí su oración con la del cielo, y suplir por lo que falta a los fieles difuntos del Purgatorio, ofreciendo a Dios por ellas, mediante la Santa Misa, las Indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo y de sus miembros. De ahí que la liturgia ha sido siempre, el medio empleado por la Iglesia para practicar con los difuntos el deber de la caridad, que nos manda atender las necesidades del prójimo cual si fueran propias, en virtud siempre de ese lazo sobrenatural, que une en Jesús al cielo con la tierra y el Purgatorio.

 «¡Yo sé que mi redentor está vivo!»

El libro de Job es un drama con muy poca acción y mucha pasión. Es la pasión que un autor genial hace sufrir a su protagonista inocente, para que su grito brote «desde lo hondo». La pasión o sufrimiento de Job alimenta su búsqueda de sentido en medio del inocente sufrimiento; estrellándose con las argumentaciones de sus tres amigos acerca de la retribución. La acción es sencillísima: entre un prólogo doble y un epílogo doble, se desenvuelven cuatro tandas de diálogos. Por tres veces habla cada uno de los amigos y Job responde; la cuarta vez Job dialoga a solas con Dios. El autor de este excepcional libro vivió probablemente después del destierro y se ha alimentado en el rezo de los Salmos y ha conocido la obra de Jeremías y de Ezequiel.

El discurso se inicia con una solemne preparación ya que piensa que sus palabras deberían colocarse en una gran inscripción lapidaria con plomo incrustada en la roca. La tradición cristiana ha visto en este pasaje la esperanza en el futuro Redentor que tendrá poder para resucitarnos (ver 1Tes 4,16; 1Cor 15, 23,51) y a quien veremos con nuestros propios ojos de carne (Ap 1,7; Jn 19, 37). San Jerónimo dice que ninguno antes de Cristo, habló de la resurrección como Job, él cual no sólo la espero, sino que la comprendió y proféticamente la vio en espíritu (ver 3,13; 14,13, Is 26,19).

Es muy interesante este concepto de la resurrección de la carne en el Antiguo Testamento ya que aún no se había revelado plenamente la verdad fundamental acerca de la vida eterna. Israel consideraba la muerte como un justo castigo al pecador, según el cual iba al «scheol» (en griego Hades), que la Vulgata traduce por «infierno», pero que designaba a un tiempo el sepulcro y el lugar oscuro donde los muertos buenos y malos esperaban la resurrección del Mesías, según lo leemos en el texto y en la gran profecía de Ezequiel 37.

Según esto se explica porque Israel pusiera un acento distinto sobre el destino del alma y el cuerpo entre el día de la muerte y de la resurrección. David dice varias veces a Dios que en la muerte nadie puede alabarlo. Se resignaba a un eclipse total de la persona humana hasta que viniese una vida totalmente nueva traída por la aparición del Redentor que había sido prometido desde las primeras páginas del Génesis. El concepto claro que tenemos ahora de la visión beatífica es ciertamente una preciosa verdad que contiene una manifestación de la divina misericordia.

 «¡Somos ciudadanos del cielo!»

San Pablo recuerda a los hermanos de la ciudad de Filipos que vivan de acuerdo a lo que están llamados a ser ya que hay muchos que viven como «enemigos de la Cruz de Cristo…teniendo el pensamiento en lo terreno». El pensar en la propia muerte es inagotable fuente de sabiduría y prudencia. Nos dice Teófilo: « o pensar en nuestra última hora, cometemos muchos pecados; porque si pensáramos que el Señor ha de venir y que nuestra vida ha de concluir pronto pecaríamos menos».

En un sentido positivo y sin restarle nada a lo anterior, San Cipriano nos dice: «Cuando morimos pasamos de la muerte a la inmortalidad; y la vida eterna no se nos puede dar más que saliendo de este mundo. No es esa un punto final sino un paso. Al final de nuestro viaje en el tiempo, llega nuestro paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría hacia un tan gran bien? ¿Quién no desearía ser cambiado y transformado a imagen de Cristo? Nuestra patria es el cielo… Allí nos aguardan un gran número de seres queridos, una inmensa multitud de padres, hermanos y de hijos nos desean; teniendo ya segura su salvación, piensan en la nuestra… Apresurémonos para llegar a ellos, deseemos ardientemente estar ya pronto junto a ellos y pronto junto a Cristo».

 El mayor enigma…la muerte

A menudo hemos podido constatar que frente a la muerte todo se vuelve más serio, todo adquiere gravedad y mayor peso; los rostros se ponen serios y cir¬cunspectos, se habla en voz baja, se evitan las actitudes festivas, las risas desapa¬recen. Es que ante el problema de la muerte la pregunta sobre la condi¬ción del hombre cobra una pro¬fundidad que da vértigo; sobre el trasfon¬do de la muerte la vida del hombre se revela en toda su gravedad y respon¬sabilidad. La muerte de un ser humano es siempre inquie¬tante, porque cada ser humano es único e irrepetible. Su muerte tiene el sello de lo definitivo y absoluto.

La muerte es el punto crítico por el cual podemos contro¬lar la verdad de cualquier antropología. Nuestra concepción acerca del hombre, la que sustenta nuestra propia vida y nuestra conduc¬ta, debe pasar el examen de la muerte y apaciguar nuestro corazón ante el interro¬gante: «¿Y después qué?». Una antropología, es decir, la ciencia que responde a la pregunta: «¿Qué es el hom¬bre?», se revela verdadera si logra dar una respuesta al problema de la muerte que apacigüe el corazón del hombre.

El Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Igle¬sia en el mundo actual, verifica: «Ante la actual evolu¬ción del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean con nueva penetración las cuestiones más funda¬mentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos subsiste todavía?... ¿Qué hay después de esta vida temporal?» . Y la misma Constitución llega así al punto crítico: «Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcan¬za el máximo…El hombre sufre con el dolor y con la disolución progre¬siva de su cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpe¬tua... La semilla de eter¬nidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte... Todos los esfuer¬zos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre». En efecto, la calma de esta ansiedad hay que buscarla en otro lugar.

Sólo la Revelación Sobrenatural da una respuesta a estos inte¬rro¬gantes, que es capaz de dar paz a la ansiedad del hombre. Esta respuesta permite al hombre tener una actitud ante la vida y ante su destino que está marcada por la esperanza y el amor. La Historia Sagrada nos muestra una constante: cada vez que el ser humano se aleja de Dios y desobedece a su ley, dominan las fuerzas de la muerte; en cambio, cada vez que el ser humano obedece a la ley de Dios, resurge la vida. Esta ley, que rige tam¬bién hoy en cada hombre y en la sociedad, tiene su primera verificación en los orígenes mismos del ser humano, y está expresada en el relato bíblico del primer pecado del hombre. Dios le puso a Adán este precepto: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin reme¬dio» (Gn 2,17). La deso¬be¬diencia al Dios de la vida equivale a elegir la muerte. Es lo que hizo Adán, decretan¬do así para él y para todo el género humano este destino: «Polvo eres y al polvo volve¬rás» (Gn 3,19).

Pero Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte sino que envió al mundo a su Hijo único para que con su muerte en la cruz redimiera el pecado del ser humano, cuyo salario es la muerte, y con su resurrección desde la profundidad del sepulcro destru¬yera la muerte y nos diera la vida. Esta es la obra reconciliadora de Jesucristo. Según su enseñanza el pecado es la muerte eterna del hombre (muerte segunda ), que abraza también la muerte corporal (muerte primera).

La conversión y la fe en Cristo salvan del pecado y concede la vida eterna, la cual perdura más allá de la muerte corporal y asegura la resurrección final, es decir, la que ocurrirá cuando Cristo vuelva. Así se entiende la afirmación de Jesús cuando repite dos veces: «Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,39-40).

La fe cristiana permite mirar la muerte de frente, sin temor. Los fieles difuntos, es decir, los que han visto en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador y han creído en él, han muerto poseyendo ya la vida eterna. Ellos descansan ahora en el sepulcro esperando serenos en la resurrec¬ción de la carne que tendrá lugar el último día. Este es el misterio que celebra hoy la Iglesia. La fe cristiana permite mirar la muerte corporal incluso con afecto fra¬terno, como hace San Francis¬co de Asís en su famoso Cántico de las criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corpo¬ral, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuen¬tre en tu santí¬sima volun¬tad, pues la muerte segunda no les hará mal». Esta bienaventuranza se aplica a todos nuestros queridos fieles difuntos.



 Una palabra del Santo Padre:

«En estos días que siguen a la conmemoración litúrgica de los fieles difuntos se celebra en muchas parroquias la octava de los difuntos; ocasión propicia para recordar con la oración a nuestros seres queridos y meditar sobre la realidad de la muerte, que la «civilización del bienestar» trata de remover con frecuencia de la conciencia de la gente, sumergida en las preocupaciones de la vida cotidiana. Morir, en realidad, forma parte de la vida y no sólo de su final, sino también, si prestamos atención, de todo instante. A pesar de todas las distracciones, la pérdida de un ser querido nos hace descubrir el «problema», haciéndonos sentir la muerte como una presencia radicalmente hostil y contraria a nuestra natural vocación a la vida y a la felicidad.

Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobretodo afrontando Él mismo a la muerte. «Muriendo destruyó la muerte», dice la liturgia del tiempo pascual. «Con el Espíritu que no podía morir --escribe un padre de la Iglesia-- Cristo venció a la muerte que mataba al hombre» (Melitón de Sardes, «Sobre la Pascua», 66). El Hijo de Dios quiso de este modo compartir hasta el fondo nuestra condición humana para abrirla a la esperanza.

En última instancia, nació para poder morir y de este modo liberarnos de la esclavitud de la muerte. La Carta a los Hebreos dice: «padeció la muerte para bien de todos» (2, 9). A partir de entonces, la muerte ya no es la misma: ha quedado privada por decirlo de algún modo de su «veneno». El amor de Dios, actuando en Jesús, ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y de este modo ha transformado también la muerte. Si en Cristo la vida humana es un paso «de este mundo al Padre» (Juan 13, 1), la hora de la muerte es el momento en el que este paso tiene lugar de manera concreta y definitiva».

Benedicto XVI. Ángelus del 5 de Noviembre 2006

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Cristianamente recemos en familia por aquellos fieles difuntos más próximos. Pero recemos también por las almas del purgatorio ya que es una práctica que manifiesta mucha caridad por nuestros hermanos fallecidos.

2. San Pablo nos recuerda quiénes somos. Leamos todo el pasaje de Filipenses 3, 12- 21.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 298.954. 958. 1030-1032. 1354. 1371. 1471-1479.

[1] Purgar. (Del lat. purgāre). Limpiar, purificar algo, quitándole lo innecesario, inconveniente o superfluo. Sufrir con una pena o castigo lo que alguien merece por su culpa o delito.

[2] Sheol: Palabra hebrea que designa el lugar adonde van los muertos (ver Dt 32.22; Is 14.9, 11, 15). No es el destino solamente de los perdidos, sino el estado intermedio de todos los muertos. La muerte en el Antiguo Testamento lleva consigo el sentido de entrar en un lugar de sombra (Job 38.17), donde el hombre ya no tiene fuerza (Sal 88.3, 4), y donde está olvidado (Sal 88.5). No obstante, los habitantes del Sheol tienen conciencia y reciben a los nuevos muertos que entran en el lugar (Is 14.9). El equivalente griego es Hades, palabra con que se traduce Seol en la Septuaginta. En algunos pasajes bíblicos parece que el Sheol es el lugar adonde van los condenados, en contraste con el cielo. Amós 9.2 dice: "Aunque cavasen hasta el Sheol ... y aunque subieren hasta el cielo". Job 11.8 y Sal 139.8 repiten la misma idea. Sin embargo, estos pasajes no hacen una distinción escatológica de los distintos destinos de los muertos, sino que indican los puntos geográficos opuestos en la dimensión vertical que imaginaba la mentalidad humana de la época (en aquel entonces se conceptuaba la ubicación del Sheol como la parte baja de la tierra). Equivale a la oposición horizontal de "oriente y occidente" (Sal 103.12). Ciertamente algunos textos indican claramente que los malos van al Sheol como castigo (Sal 9.17; 55.15; Pr 23.14), pero esto tal vez se explica por la doctrina bíblica de que la muerte es resultado del pecado (Ro 6.23). Parece que el castigo en sí no es ir al Sheol sino morir y entrar en el Sheol prematuramente. Se debe distinguir el uso figurado del Sheol en muchos pasajes como Sal 116.3 ("Me encontraron las angustias del Sheol") y Jonás 2.2 (donde el Sheol equivale al vientre del pez). Es de notar que el Antiguo Testamento no da enseñanza clara sobre las condiciones en el Sheol, tampoco acerca de castigo ni de corona. En la literatura judaica posterior al Antiguo Testamento, vemos el desarrollo de la idea de que el Sheol está dividido en dos partes, una para los justos y otra para los injustos, dentro del mismo estado preliminar al destino final (Enoc 22.1-14). Es posible que Dn 12.2 refleje este mismo concepto, puesto que los muertos que "duermen en el polvo de la tierra" posteriormente "serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua". Nunca se usa la palabra Seol en el Antiguo Testamento como la morada de Satanás y de los ángeles caídos.

[3] La vida en el cielo se llama visión beatífica porque se concibe la unión o comunión íntima con Dios con el carácter de vsión-conocimiento que implica necesariamente la compenetración por el amor. Es un enfoque donde se destaca el aspecto cognoscitivo. Otros conciben la vida eterna primordialmente como unión en el amor como elemento principal, acompañado del cognitivo. En todo caso, se trata siempre de ambos aspectos, los cuales abarca lo intelectual y lo volitivo en inmediatez total con Dios, que recibe también el nombre de contemplación.

[4] Gaudium et Spes, 10.

[5] Ver Ap. 20,14-15; 21,8.

martes, 1 de noviembre de 2011

Martes 1 de Noviembre de 2011 - Solemnidad de Todos los Santos


Solemnidad de Todos los Santos
« Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Lectura del libro del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14

«Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar:"No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que = marquemos con el sello la frente = de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero».

Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-3

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 4Bienaventurados = los mansos =, porque = ellos poseerán en herencia la tierra. = Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

En la lectura del Evangelio en la fiesta de todos los santos (1 de noviembre) se proclaman las Bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor, es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia.

 El sermón de la montaña

En el Sermón de la monta¬ña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangé¬lica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infi¬nitamente. Esto es lo que quie¬ren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepa¬sados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.-31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti¬gua dada por el mismo Dios.

En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera perso¬na: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formu¬lada en segunda perso¬na y dirigida a los oyen¬tes: "Biena¬venturados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.

Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho biena-venturanzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma prome¬sa: "Biena¬ventura¬dos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventura¬dos los persegui¬dos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La prime¬ra tabla contiene las primeras cuatro y expresa la rela¬ción del hombre con Dios, y la segun¬da tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.

 La primera tabla

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indi¬cado en la primera bienaventuranza, la que declara dicho¬sos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del cora¬zón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "A¬prended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligi¬dos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.

 La segunda tabla

La segunda tabla proclama la otra condición indispen¬sable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de cora¬zón, los que traba¬jan por la paz, los perse¬guidos por causa de la justi¬cia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericor¬diosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en rela¬ción a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relacio¬nes fraternas. Aquí Jesús comien¬za a ilustrar las rela¬ciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indica¬do por la primera biena¬ven¬turan¬za: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.

 ¿En qué consiste ser santo?

En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad".

La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara.

La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!

 Una palabra del Santo Padre:

«Queridos amigos: El programa evangélico de las Bienaventuranzas es trascendental para la vida del cristiano y para la trayectoria de todos los hombres. Para los jóvenes y para las jóvenes es sencillamente un programa fascinante. Bien se puede decir que quien ha comprendido y se propone practicar las ocho Bienaventuranzas propuestas por Jesús, ha comprendido y puede hacer realidad todo el Evangelio. En efecto, para sintonizar plena y certeramente con las Bienaventuranzas, hay que captar en profundidad y en todas sus dimensiones las esencias del Mensaje de Cristo, hay que aceptar sin reserva alguna el Evangelio entero.

Ciertamente el ideal que el Señor propone en las Bienaventuranzas es elevado y exigente. Pero por eso mismo resulta un programa de vida hecho a la medida de los jóvenes, ya que la característica fundamental de la juventud es la generosidad, la abertura a lo sublime y a lo arduo, el compromiso concreto y decidido en cosas que valgan la pena, humana y sobrenaturalmente. La juventud está siempre en actitud de búsqueda, en marcha hacia las cumbres, hacia los ideales nobles, tratando de encontrar respuestas a los interrogantes que continuamente plantea la existencia humana y la vida espiritual. Pues bien, ¿hay acaso ideal más alto que el que nos propone Jesucristo? Por eso yo, Peregrino de la Evangelización, siento el deber de proclamar esta tarde ante vosotros, jóvenes del Perú, que sólo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; sólo en el Evangelio de las Bienaventuranzas encontraréis el sentido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre (cf. Gaudium et spes, 22)».

Juan Pablo II, Lima, Hipódromo de Monterrico, 2 de febrero de 1985

 Vivamos nuestra Fiesta de Guardar a lo largo de la semana.

1. «Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido», nos decía Juan Pablo II. Una tentación que podemos tener es creer que este llamado (que proviene de nuestro bautismo) no es para mí.

2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas. Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.

Fuente: VeMultimedios “Meditación Dominical”

Domingo 6 de noviembre de 2010 - Domingo de la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Ciclo A



«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»

Lectura del libro de la Sabiduría 6, 12-16

«Radiante e inmarcesible[1] es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la anhelan. Quien madrugue para buscarla, no se fatigará, que a su puerta la encontrará sentada. Pensar en ella es la perfección de la prudencia, y quien por ella se desvele, pronto se verá sin cuidados. Pues ella misma va por todas partes buscando a los que son dignos de ella: se les muestra benévola en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos».

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 4,13 –17

«Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús. Os decimos eso como Palabra del Señor: nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,1-13

«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!"

Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan." Pero las prudentes replicaron: "No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco." Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».


Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Cinco mujeres sensatas y cinco imprudentes son las protagonistas de esta parábola en la cual Jesús nos enseña lo qué realmente es importante para el encuentro definitivo con el Señor. La Primera Lectura hace un bello elogio de la sabiduría y subraya que «fácilmente se deja ver a los que la aman». No está, por tanto, lejos de nosotros, basta poner de nuestra parte un pequeño esfuerzo y ella estará allí sentada en nuestra puerta esperándonos. La verdadera sabiduría proviene de Dios; Él es quien da al hombre «un corazón capaz de discernir el bien y el mal» (1Re 3,9).

El Evangelio también nos habla de la sabiduría de las vírgenes bien preparadas para la llegada del esposo. Se compara el Reino de los Cielos a un banquete nupcial, y se subraya la necesidad de estar preparados porque no sabemos cuándo llegará el esposo esperado. ¿Las vírgenes por qué son sabias y prudentes? Ellas han tenido juicio para prepararse adecuadamente, llevando consigo una buena cantidad de aceite para poder mantener encendidas sus lámparas. Las otras vírgenes son necias[2] porque se lanzaron impulsivamente y no advirtieron que el esposo podía tardar; no se dieron cuenta que el tiempo podía hacer mella sobre sus ilusiones y esperanzas, y así, advirtieron con espanto que cuando ya se oye la voz del esposo, no tienen suficiente aceite en su alcuza. Esperaron toda la noche en vano porque la puerta del banquete nupcial se les cerró.

San Pablo en su carta a los Tesalonicenses nos habla de la importancia de mantener encendida la fe, e interpela a aquellos que viven abatidos y desanimados por falta de horizonte en sus vidas. Todos aquellos que creen en Cristo y pertenecen a Cristo, estarán siempre con el Señor. Por esta razón, el cristiano debe saberse peregrino esperando con «la lámpara encendida» el encuentro definitivo con el Señor de la Vida.

«Fácilmente se deja ver a los que la aman»

A mediados del siglo I a.C. probablemente ya bajo el dominio romano, la numerosa colonia judía de Alejandría, ciudad egipcia de cultura griega, había llegado a ser muy importante. Fue fundada por el mismo Alejandro Magno al conceder a los israelitas los mismos derechos que los griegos. A los que voluntariamente se establecieron en la ciudad se añadieron los prisioneros judíos que Ptolomeo I (325 -305) trajo a Egipto después de conquistar Jerusalén. Lejos quedaban ahora los años de la confrontación entre los dos mundos: el helenismo y el judaísmo. Esta nueva situación planteaba el desafío de presentar la revelación a un público de distinta cultura, pero ávido por conocer la verdad. En este contexto se escribió, en griego, el libro de la Sabiduría abordando tres temas fundamentales: la inmortalidad, la verdadera sabiduría y la acción de Dios en la historia de Israel.

La sabiduría resplandece sin marchitarse y sin perder su virtud iluminadora, de modo que señala al hombre, en todo momento y en todas las circunstancias de su vida, el camino que tiene que seguir para asegurarse la incorrupción que conduce al reino inmortal (ver Sb 6, 18-20). El camino para hallarla es sencillamente el amor, el cual induce a la inteligencia a procurarse el conocimiento de sus dictámenes e impulsa a su voluntad a ponerlos en práctica. Quienes la buscan con diligencia, la hallan sin esfuerzo.

« El Reino de los Cielos es semejante...»

Los capítulos 24 y 25 con­tienen el quinto discurso del Evangelio de San Mateo, que es llamado «Discurso Escatoló­gico». En él está reunido la enseñanza de Jesús acerca de su venida gloriosa, que será el acto final de la historia. En efecto, la palabra «escatología» significa: estudio del «éschaton» que quiere decir lo último. El fin busca responder a la pregunta que todo hombre se hace acerca del sentido último hacia dónde se dirige. El Señor Jesús salía del templo de Jerusalén y sus discípulos lo invitaron a contemplar la majestuosidad y la belleza del templo (Mt 24,1). El hermoso e imponente templo sin duda parecería indestructible. El Señor Jesús aprovecha el momento para hacer un sorpresivo y triste anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida » (Mt 24,2). Este anuncio sin duda inquietó a los discípulos, de modo que más tarde, estando el Señor sentado (recordemos que en el oriente es la postura del maestro cuando enseña) en el monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado sus discípulos, y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (Mt 24, 3). La pregunta da pie entonces a la enseñanza del Señor sobre los últimos tiempos.

El sólo hecho de saber que la parábola «de las diez vírgenes» hace parte del discurso escatológico nos concede la clave de interpretación: Jesús nos quiere enseñar cuál debe ser nuestra actitud ante la certeza del fin del mundo y de su venida gloriosa. A los apóstoles, que se habían quedado mirando al cielo cuando Cristo resuci­tado ascendió, los ángeles les asegu­raron: «Este mismo Jesús vendrá de nuevo, tal como lo habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). El mundo se divide entre los que esperan vigilantes la vuelta de Jesús y los que están despreocupados. Asimismo entre diez vírgenes que esperan al esposo, cinco son prudentes y cinco son necias; cinco lo aman con amor celoso y fiel y están dispuestas a esperarlo aunque tarde, y cinco son negligentes e infieles y su aten­ción se distrae hacia otras cosas.

Para exponer esta enseñanza e invitar a la vigilancia Jesús adopta una situación familiar para sus oyentes. El matrimonio judío se realizaba en dos etapas. La primera consistía en el contrato propiamente o esponsales entre el esposo y la esposa en que se fijaban las obligaciones de cada uno y se intercam­bia­ban el consentimiento. Esto podía ocurrir bastan­te tiempo antes que los esposos convi­vieran. La segun­da etapa era más festiva; consistía en que el esposo, venía, acompañado de sus amigos, a buscar a la esposa para llevársela consigo. La esposa esperaba rodeada de sus amigas, y la llegada del esposo era ocasión de fiesta; aquí se celebraba el banquete de bodas. En este caso diez vírgenes, con sus lámparas en la mano, salieron al encuentro del esposo. A menudo Cristo se comparó con «el esposo» porque Él reclama de cada uno de nosotros -y de la Iglesia entera- un amor semejante al de la esposa: exclusivo, total, fiel, indisoluble y fecundo. En la parábo­la es significativo que no vemos en ningún momento a la esposa sino que solamente aparece el esposo: sólo a él espera cada una de las vírgenes. Cada una se sintió interpelada por igual cuando a media noche se oyó el grito: «¡Llega el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Pero aquí queda en evidencia la diferencia entre unas y otras.

¿Qué mantendrá encendida mi lámpara?

¿Cuál es «el aceite» que mantendrá mi lámpara encendida para la venida de Cristo? Y la respuesta no puede ser otra sino el amor. El amor ardiente y generoso que mantiene el corazón vuelto hacia Dios y hacia sus hermanos. El amor que es donación de sí mismo. El amor que consiste en descubrir en cada hermano la imagen misma de Cristo. Es el amor que triunfa sobre el pecado, el egoísmo y la soberbia. Estar atentos y preparados para la venida del Señor significa «permanecer en el amor» (Jn 15,9), porque al «atardecer de la vida te juzgarán sobre el amor». En efecto «quien no ama, permanece en la muerte» y la única forma de pasar de la muerte a la vida es por el amor a los hermanos (ver 1Jn 3,14).

«En verdad…no os conozco»

La parábola sigue su curso; cada detalle evoca lo que será la venida final de Jesús. Las vírgenes que estaban preparadas entraron con el esposo al banquete de bodas y se cerró la puerta. Las necias llegaron tarde diciendo: «¡Señor, Señor, ábrenos!» Pero recibieron esta respuesta: «En verdad os digo que no os conozco». Ésta es, en realidad, una terrible senten­cia. Para la mentalidad semita el conocimiento no es algo solamente intelectual o de mera experiencia sensi­ble; el conoci­mien­to es también algo afectivo.

Conocer, en el lenguaje de la Biblia, significa al mismo tiempo conocer y amar, tener afecto, interés y preocupación por algo. La negación de Pedro: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,72.74), no es solamen­te una mentira, es más grave que eso. Esa frase de Pedro significa: «Sí, conozco a ese hombre, pero yo no tengo nada que ver con él, no soy de los suyos, ni me afecta lo que pase con él». Así también la sentencia de Cristo, para los que no estén preparados esperando su venida, será ésta: «En verdad os digo, no los conozco y no tengo nada que ver con voso­tros».

La enseñanza de toda la parábola está resumida por Cristo mismo: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Han pasado ya veinte siglos desde que Jesús ascendió y nos dejó esperando su venida. Tal como en la parábola, «el esposo tarda». El aceite de muchos ya se ha agotado y se han quedado dormidos. Pero precisa­mente por eso rige la adver­ten­cia: «¡Velad siempre, porque no sabéis ni el día ni la hora!». Puede faltar mucho o poco: no sabemos. Pero en un momento dado oiremos el grito: «¡Ya está aquí el esposo!». Lo que sí sabemos con total seguridad es que el fin de nuestra vida no tardará. Y eso es innegable.

Una palabra del Santo Padre:

-Alejandro: «¿Para qué sirve, en la vida de todos los días, ir a la santa misa y recibir la Comunión?»

-Benedicto XVI: «Sirve para hallar el centro de la vida. La vivimos en medio de muchas cosas. Y las personas que no van a la iglesia no saben que les falta precisamente Jesús. Pero sienten que les falta algo en su vida. Si Dios está ausente en mi vida, si Jesús está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también una alegría que es importante para la vida. Me falta también la fuerza para crecer como hombre, para superar mis vicios y madurar humanamente. Por consiguiente, no vemos enseguida el efecto de estar con Jesús cuando vamos a recibir la Comunión; se ve con el tiempo.

Del mismo modo que a lo largo de las semanas, de los años, se siente cada vez más la ausencia de Dios, la ausencia de Jesús. Es una laguna fundamental y destructora. Ahora podría hablar fácilmente de los países donde el ateísmo ha gobernado durante muchos años; se han destruido las almas, y también la tierra; y así podemos ver que es importante, más aún, fundamental, alimentarse de Jesús en la Comunión. Es Él quien nos da la luz, quien nos orienta en nuestra vida, quien nos da la orientación que necesitamos».

Benedicto XVI. Diálogo en el encuentro con 100,000 niños en la Plaza San Pedro, 15 de octubre 2005.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. La parábola refleja dos actitudes ante la vida, ante uno mismo y ante Dios. Nos dice el Concilio Vaticano II: «Ante la muerte el enigma de la condición humana alcanza su máximo» (Gaudium et spes, 10). Llevar la vida en serio es vivir de acuerdo a nuestro fin último: la felicidad eterna. ¿Con qué actitud me identifico?

2. El Papa nos ha pedido para este mes: “para los esposos, para que sigan el ejemplo de santidad conyugal vivida por tantas parejas que se santificaron en las condiciones ordinarias de la vida". Recemos en familia por esta hermosa intención del Santo Padre.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1805-1811.

[1] Inmarcesible. (Del lat. immarcescibĭlis). Que no se puede marchitar.

[2] necio, cia. (Del lat. nescĭus). adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Imprudente o falto de razón. Terco y porfiado en lo que hace o dice. Dicho de una cosa: Ejecutada con ignorancia, imprudencia o presunción.

--

Fuente: Ve Multimedios "Meditación Dominical"


Fiesta de Todos los Santos

1 de Noviembre


La Iglesia Católica ha llamado "santos" a aquellos que se han dedicado a que su propia vida le sea lo más agradable posible a Nuestro Señor.

Hay unos que han sido "canonizados", o sea declarados oficialmente santos por el Sumo Pontífice, por lo que por su intercesión se han conseguido admirables milagros, y porque después de haber examinado minuciosamente sus escritos y de haber hecho una cuidadosa investigación e interrogatorio a los testigos que lo acompañaron en su vida, se ha llegado a la conclusión de que practicaron las virtudes en grado heroico.

Para ser declarado "santo" por la Iglesia Católica se necesita toda una serie de trámites rigurosos. Primero una exhaustiva averiguación con personas que lo conocieron, para saber si en verdad su vida fue ejemplar y virtuosa. Si se logra comprobar por el testimonio de muchos que su comportamiento fue ejemplar, se le declara "Siervo de Dios". Si por detalladas averiguaciones se llega a la conclusión de que sus virtudes, fueron heroicas, es declarado "Venerable". Más tarde, si por su intercesión se consigue algún milagro totalmente inexplicable por medios humanos, es declarado "Beato". Finalmente si se consigue un nuevo y maravillosos milagro por haber pedido su intercesión, el Papa lo declara "santo".

En el caso de algunos santos el procedimiento de canonización ha sido rápido, como por ejemplo para San Francisco de Asís y San Antonio, que sólo duró 2 años.

Poquísimos otros han sido declarados santos seis años después de su muerte, o a los 15 o 20 años. Para la inmensa mayoría, los trámites para su beatificación y canonización duran 30, 40, 50 y hasta cien años o más. Después de 20 o 30 años de averiguaciones, la mayor o menor rapidez para la beatificación o canonización, depende de quien obtenga más o menos pronto los milagros requeridos.

Los santos "canonizados" oficialmente por la Iglesia Católica son varios millares. Pero existe una inmensa cantidad de santos no canonizados, pero que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos especialmente está dedicada esta fiesta de hoy.

:: Recursos relacionados

Lea el Artículo sobre esta Fiesta en la Enciclopedia Católica
http://ec.aciprensa.com/t/todossantos.htm

Catequesis de Todos los Santos para niños
http://www.aciprensa.com/catequesis/todosantos.htm

Fuente:

ACIprensa http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=328