miércoles, 7 de diciembre de 2011

8 de diciembre de 2011 - Inmaculada Concepción de la Virgen María



«He aquí la esclava del señor; hágase en mí según tu palabra»

Lectura del libro del Génesis 3, 9 - 15.20

«Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Este contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”.El replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí”.Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí”.


Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”. El hombre llamó a su mujer «Eva», por ser ella la madre de todos los vivientes».


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-6. 11-12



«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.

A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo».


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1, 26-38


«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.


Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”.


María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,= porque ninguna cosa es imposible para Dios.» =Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola se fue».



Pautas para la reflexión personal



El vínculo entre las lecturas


La Sagrada Escritura está llena de anuncios, de mensajes de parte de Dios a los hombres. Desde aquel que recibió Abraham, para salir de su tierra o el de la concepción de Isaac por parte de su estéril mujer Sara. Con el pasar del tiempo, a través de la historia de los Patriarcas y los Profetas y hasta el último de los profetas, que será San Juan Bautista; se diría que Dios nunca ha dejado de comunicarse con los hombres. El diálogo entre una humilde doncella de Nazaret y el Arcángel Gabriel cierran y abren una etapa en las relaciones entre Dios y su criatura más amada.


La Anunciación - Encarnación del Verbo en el seno de nuestra Santa Madre es sin lugar a dudas el acontecimiento más importante de toda historia ya que la Reconciliación es el anhelado más profundo de la humanidad desde la caída primigenia (Primera Lectura). San Pablo hace explícito el don que acontece cuando el Verbo asume nuestra naturaleza humana: somos ahora verdaderamente hijos en el Hijo por excelencia (Segunda Lectura).


¿Qué celebramos?



El Evangelio de esta Solemnidad nos relata el momento de la concepción virginal de Jesús en el seno de María. Pero esto no nos debe llevar a confusión: lo que se celebra hoy es la concepción inmaculada de María en el seno de su madre, Santa Ana. Es dogma[1] de fe cristiana, definido por el Beato Papa Pío IX en 1854, que «la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano». Este hecho tiene importantes consecuencias. La más grande la expresa el Catecismo así: «Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida»[2]. En esto ella es del todo singular ya que como leemos en la Sagrada Escritura «el justo cae siete veces al día» (Prv 24,16); es decir todos tenemos sufrimos las consecuencias del pecado original[3].


El Arcángel Gabriel, que fue enviado por Dios a esta humilde virgen de Nazaret llamada María, sabía el contenido del anuncio que le traía y, por tanto, sabía quién era ella; sabía que estaba destinada a ser la Madre de Dios. Por eso, la saluda con veneración y de una manera única en toda la Historia de la Salvación[4]: «llena de gracia».Nosotros no tenemos experiencia de ninguna persona «llena de gracia», es decir, “pura de todo pecado personal”, porque no tenemos experiencia de ninguna persona que haya sido concebida sin el pecado original.


El pecado original es el estado privado de la gracia divina en que es concebido y nace todo ser humano hijo de Adán. Si la persona llega el uso de la razón en este estado, a este pecado se agregan los pecados personales que comete. Esta situación se revierte por el bautismo en el cual se infunde la gracia divina por el don del Espíritu Santo y se perdona todo otro pecado personal que se haya cometido. La persona queda santificada y adoptada como hijo de Dios. Pero el hecho de haber estado privada de la gracia y bajo el dominio del pecado tiene consecuencias. La principal de estas consecuencias recibe el nombre de «concupiscencia». El Catecismo la describe así: «Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados»[5].


La Virgen María estaba libre de la concupiscencia. Por eso ella siempre cumplía con perfección el Plan amoroso del Padre. Puesta ante diversas alternativas ella siempre optaba por lo más perfecto viviendo de una manera excelsa un verdadero y ejemplar señorío sobre sí misma. Así pues su «hágase» responde a lo que ella es; toda pura e Inmaculada.


Nosotros, en cambio, sentimos el peso de la concupiscencia y puestos ante diversas alternativas, en nuestra opción influye el propio interés, lo más placentero, las envidias, los celos, la mentalidad permisiva que nos rodea y otras pasiones que nos impiden reconocer y actuar según el Plan de Dios. Necesitamos pues colaborar activamente con «la gracia» que se nos da en abundancia para sí poder transformarnos mediante la renovación de nuestra mente, de forma que podamos discernir cuál es el Plan de Dios:«lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (ver Rm 12,2).


«Hágase en mí según tu palabra»


Cuando el Arcángel Gabriel trajo a María el anuncio de que ella concebiría en el seno y daría a luz un hijo y que éste sería «Hijo del Altísimo» e «hijo de David», ciertamente esto cambiaba radicalmente todo lo que ella habría podido imaginar sobre su vida. Ella estaba dispuesta a hacer inmediatamente todo lo que Dios le pidiera. Pero se le presentaba un conflicto: el mismo Dios le inspiraba su estado de virginidad perpetua. Según dice San Pablo, «la mujer virgen se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu» (1Cor 7,34). Este estado convenía a ella. Ella fue la primera mujer en asumirlo deliberadamente.


Por eso es muy importante pregunta que le hace al Arcángel: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?», que significa: «tengo propósito de virginidad». Su pregunta tiene como finalidad discernir cuál es el Plan de Dios, lo más perfecto. Cuando el Arcángel le explica que no hay conflicto, diciéndole: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti», entonces ella responde inmediatamente: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Como siempre, opta sin reservas por el Plan de Dios. Nadie ha respondido con más prontitud y generosidad que María al llamado que Dios le hizo a colaborar en la salvación del género humano.


«Elegidos para ser santos e inmaculados»



Es muy significativo que la Segunda Lectura de esta Solemnidad nos remita inmediatamente al Plan Dios tiene para toda la humanidad: «Dios Padre nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor». Es decir todos y cada uno estamos llamados a ser santos e inmaculados; ese nuestro verdadero destino; ese el proyecto de Dios sobre nosotros. Poco más adelante, en la misma Carta a los Efesios, San Pablo contempla este Plan refiriéndolo no ya a los hombres singularmente considerados, cada uno por su cuenta, sino a la Iglesia Universal,Esposa de Cristo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27).

Una legión de santos y santas en el Señor: este es el maravilloso proyecto de Dios al crear a su hombre a su imagen y semejanza. Una humanidad que pueda, como hijos queridos, estar ante Él sin miedo ni vergüenza; sino confiando plenamente en el designio del Padre. Una humanidad plenamente reconciliada gracias al generoso don que hizo el Hijo al Padre por el Espíritu Santo.


¿Que representa, en este proyecto universal de Dios, la Inmaculada Concepción de María que celebramos? Fundamentalmente que ella es la adelantada, la primera criatura en la cual se ha realizado plenamente el designio amoroso de nuestro Creador. En la liturgia del día se resalta de bellamente lo que María es: «comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura... Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad». Ella nos abre el camino y nos garantiza el cumplimiento del Plan de Dios. En Ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, como en una gota de rocío, en una mañana serena, se refleja la bóveda azul del cielo. También y sobre todo por esto María es llamada «Madre de la Iglesia». Ella intercede amorosamente por cada uno de nosotros para que crezcamos «conformes a su imagen (Jesucristo)» (Rm 8, 29) y seamos así hijos en el Hijo.


Una palabra del Santo Padre:



«Pero ahora debemos preguntarnos: ¿Qué significa "María, la Inmaculada"? ¿Este título tiene algo que decirnos? La liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra con dos grandes imágenes. Ante todo, el relato maravilloso del anuncio a María, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mesías.El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace comprender que María, la humilde mujer de provincia, que proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el "resto santo" de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos turbulentos y tenebrosos. En ella está presente la verdadera Sión, la pura, la morada viva de Dios. En ella habita el Señor, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo.



Ella es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David. En ella se cumplen las palabras del salmo: "La tierra ha dado su fruto" (Sal 67, 7). Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parecer al inicio de la historia con Adán y Eva, o durante el período del exilio babilónico, y como parecía nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se había convertido en un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos signos reconocibles de su santidad. Dios no ha fracasado. En la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice "sí" al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.


La segunda imagen es mucho más difícil y oscura. Esta metáfora, tomada del libro del Génesis, nos habla de una gran distancia histórica, que sólo con esfuerzo se puede aclarar; sólo a lo largo de la historia ha sido posible desarrollar una comprensión más profunda de lo que allí se refiere. Se predice que, durante toda la historia, continuará la lucha entre el hombre y la serpiente, es decir, entre el hombre y las fuerzas del mal y de la muerte. Pero también se anuncia que "el linaje" de la mujer un día vencerá y aplastará la cabeza de la serpiente, la muerte; se anuncia que el linaje de la mujer —y en él la mujer y la madre misma— vencerá, y así, mediante el hombre, Dios vencerá. Si junto con la Iglesia creyente y orante nos ponemos a la escucha ante este texto, entonces podemos comenzar a comprender qué es el pecado original, el pecado hereditario, y también cuál es la defensa contra este pecado hereditario, qué es la redención».



Benedicto XVI. Homilía en la Inmaculada Concepción de María. 8 de diciembre de 2005


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. A cada uno de nosotros nos toca decir «sí» a lo largo de nuestra vida. Cada día se nos presenta como una oportunidad para abrirnos al Plan de Dios, aceptarlo y colaborar para que pueda así expandirse su Reino de Amor entre los hombres. Tomemos consciencia de nuestra necesaria docilidad a Dios. María nos enseña con su magnífico ejemplo.



2. Nuestra Madre María nos ayuda a acercarnos confiadamente a su Hijo Jesús. ¿Cuántas veces lo hacemos?



3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 484- 511. 964- 970


[1] Dogma. Verdades contenidas en la Divina Revelación, o verdades con ellas necesariamente conexas, que el Magisterio de la Iglesia, con la autoridad recibida de Jesucristo, propone como obligación de fe (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 88- 90).


[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 493.


[3] «La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra; la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones; sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio. La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil. A causa del hombre, la creación es sometida «a la servidumbre de la corrupción» (Rm 8, 20). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (270), se realizará: el hombre «volverá al polvo del que fue formado» (Gn 3, 19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad». Catecismo de la Iglesia Católica, 400.


[4] Historia de la Salvación. Es el desarrollo de la acción de Dios a través del tiempo. Sus grandes etapas son el Antiguo, el Nuevo Testamento y la vida de la Iglesia. Seguirá la consumación de la vida eterna.


[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 2515.


*Por favor recen por las intenciones personales de las personas que hacen posible este servicio de fe

11 de dicembre de 2011 - Domingo de la Semana 3 del Tiempo de Adviento. Ciclo B



«Yo soy la voz del que clama en el desierto»

Lectura del profeta Isaías 61,1-2a. 10-11

«El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahveh, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran, “Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto como el esposo se pone una diadema, como la novia se adorna con aderezos. Porque, como una tierra hace germinar plantas y como un huerto produce su simiente, así el Señor Yahveh hace germinar la justicia y la alabanza en presencia de todas las naciones”».

Lectura de la Primera Carta a los Tesalonicenses 5,16-24

«Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo género de mal. Que El, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es él quien lo hará».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1, 6-8.19-28

«Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: “¿Quién eres tú?” El confesó, y no negó; confesó: “Yo no soy el Cristo”». Y le preguntaron: “¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?” El dijo: “No lo soy.” – “¿Eres tú el profeta?” Respondió: “No.” Entonces le dijeron: “¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?”

Dijo él: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.” Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: “¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia.” Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando».


Pautas para la reflexión personal


El vínculo entre las lecturas


«¿Quién eres tú?».Ciertamente la figura de San Juan Bautista es bastante inquietante para las autoridades religiosas judías. «Si no eres el Cristo (es decir el Mesías), ni Elías, ni el profeta, por qué bautizas?». Es que Juan viene a cumplir una misión que es la de allanar los caminos del Señor (ver Is 40,3-5). Pero él no es el Cristo y no quiere ser confundido con Él. «El espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena nueva...me ha enviado para anunciar...» (Is 61,1-2). Jesús iniciará su predicación haciendo suyo el pasaje de Isaías acerca de aquél que, ungido por el Espíritu de Dios, viene a anunciar la Buena Nueva y la liberación a los cautivos. Finalmente, San Pablo, el apóstol enviado por el mismo Jesús, llevará a cabo su misión mediante la predicación y sus cartas. En su primera carta a los Tesalonicenses les exhorta a vivir de acuerdo al mensaje anunciado y a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo que «es fiel a sus promesas» como también leíamos en la Segunda Lectura de la Carta de San Pedro (ver 2Pe 3, 8-9) del Domingo anterior.

«¡Alégrense! el Señor está más cerca…»

El tono general de este tercer Domingo de Adviento está dado por la antífona de entrada: «Estad alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. ¡El Señor está cerca!» (Fil 4,4.5). Esa doble invitación a la alegría se expresa en latín con una sola palabra: «Gaudete». Y esta exhortación es la que ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo, ubicado en el centro del Adviento. Por este motivo hay una mitigación en la nos­talgia por la ausen­cia del Señor, que se expresa por el color de los ornamentos del sacerdote: no ya morado, que es el propio del Adviento, sino rosado.

Una análoga invitación a la alegría había sido usada también, tiempo antes, por el ángel Gabriel, cuando, enviado por Dios, entró en la presencia de María, la Virgen de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con este saludo llegaba para ella y para todo el pueblo de Israel la definitiva invitación al júbilo mesiánico (ver Zac 9, 9-10) ya que por ella Dios mismo se disponía finalmente a dar cumplimiento a todas las promesas de salvación hechas a Israel.

Podemos decir que el tema que la Iglesia nos propone para meditar hoy es el de la alegría, pero no el de una alegría cualquiera, sino el de la alegría que se vive por la cercanía del Señor, que, en otras palabras, es la alegría que Santa María experimentó de modo eminente. Por ello, ¿qué mejor que acercarnos a la meditación a través del Corazón amoroso de la Madre Virgen? Su experiencia única y singular es la que hace madurar a los discípulos del Señor en la profunda alegría, en la silenciosa espera; que se vive cuando se experimenta la cercanía del Señor.

«Su nombre era Juan»

Las primeras palabras de hoy están tomadas del prólogo del cuarto Evange­lio: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan». Este nombre es importante en el Evangelio. Aquí vemos que está destacado. El cuarto Evangelio es llamado el «Evan­gelio según San Juan» pero, curiosamente, en este Evangelio se reserva el nombre de Juan a un solo personaje: al «Bautista». El apóstol del Señor, que conocemos por los otros Evangelios con el nombre de Juan, se llama siempre a sí mismo «el discípulo amado». El Evangelio concluye con su dis­creta firma: «Éste es el discípulo que da testimo­nio de estas cosas y que las ha escrito» (Jn 21,24).

Ya en otro episodio evangélico ha merecido especial aten­ción el nombre de Juan el Bautista. Al igual que Jesús, este nombre le fue dado por el ángel Gabriel, cuando anunció su nacimiento a su padre Zacarías, mientras éste estaba ofi­ciando en el santua­rio en la presencia de Dios (ver Lc 1,13). Juan era hijo único de madre estéril y avanzada en años. Como es natural, cuando nació todos que­rían llamarlo igual que su padre: Zacarías. Su madre, para sorpresa de todos, intervino: «No; se llamará Juan» (Lc 1,60). Y cuando interroga­ron al padre, éste escribió en una tabli­lla: «Su nombre es Juan». El nombre dado en el nacimiento expresa ordinariamente, según la mentalidad judía, la actividad o la misión del que lo lleva. ¿Qué signi­fica entonces Juan? En hebreo suena «Yohanan». Es un nombre teóforo (contiene la palabra Dios) que significa: «El Señor ha hecho miseri­cor­dia».

«¿Quién eres…?»

Juan es la alborada que precede a la luz verdadera. Es el primer anuncio. Con su nacimiento comienza a cumplirse la promesa de salva­ción. Había en él muchos rasgos que anuncian a Cristo mismo y por eso es necesario aclarar: «No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz». Y cuando vienen los sacer­dotes y levitas a preguntarle: «Quién eres tú», el decla­ra lo que no es: «No soy el Cristo, no soy Elías, no soy el profe­ta». Juan nos deja un ejemplo admirable de modestia, de humildad y de fidelidad a su misión. El define a Cristo así: «En medio de vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mí, a quién yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia».

Pero por más que quisiera decrecer para que Cristo creciera, fue Jesús mismo quien lo exaltó. El no era la luz verdadera, pero parti­cipaba de ella. Él no era la Verdad pero daba testimonio de ella. Así lo declara Jesús: «Voso­tros mandasteis enviados donde Juan y él dio testimonio de la ver­dad... él era la lámpara que arde y alumbra y voso­tros quisis­teis recrearos una hora con su luz» (Jn 5,33. 35). Hay motivos para aseme­jarlo a Jesús, que dijo sobre sí mismo ante Poncio Pilato: «Para esto he venido al mundo: para dar testi­monio de la ver­dad» (Jn 18,37).

Las preguntas de los enviados nos revelan la situación de expectati­va que se vivía entonces en Israel. Es que se estaba cum­pliendo el tiempo, en realidad, ya había llegado el tiempo de gracia y de salvación: «En medio de vosotros está uno que no cono­céis». Se esperaba el Cristo, el Ungido, hijo de David que vendría a reinar y liberar al pueblo. Se esperaba a Elías que, habiendo sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, debía volver a la tierra. Se esperaba un «profeta», según la antigua promesa de Dios transmitida por Moisés: «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a tí, pondré mis pala­bras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18,18).

Respecto de estos tres perso­najes Juan declaró: «No soy yo». Pero fue exaltado también en esto. No soy Elías. Pero en su anunciación el ángel Gabriel había dicho a su padre Zaca­rías: «Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17). Y Jesús va más allá aun: «El es Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14). No soy el profeta. Pero, cuando Je­sús habla a la gente, que había ido al desierto para ver a Juan el Bautista, les pregunta: «¿Qué salisteis a ver al desierto: un profeta?». Y él mismo se responde: «Sí, os digo, y más que un profeta... entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautis­ta» (Mt 11,9).

«Yo no soy el Cristo»

«Yo no soy el Cristo». Esta es la única afirmación que Juan se adelanta a hacer sin que le pregunten. Y en esta fue tajante. Él mismo después insiste ante sus discípulos: «Voso­tros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él. El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Esta es pues mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que Él crezca y que yo disminuya" (Jn 3,28-30). Aquí está completo el testi­monio de Juan. Para este testimonio vino. Y si Jesús lo exaltó llamándolo Elías y profeta, no pudo llamarlo Cristo. A este nombre responde sólo Jesús y lo hace solemne­mente, cuando en el curso de su juicio ante el Sanedrín, el Sumo Sacerdote le pregunta: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?». Entonces Jesús responde: «Sí, yo soy» (Mc 14,61-62).

«Estad siempre alegres. Orad sin cesar»

El apóstol Pablo sabe muy bien que los tesalonicenses, con sus solas fuerzas, no podrán poner en práctica cuanto ha venido aconsejando, pues la santificación si bien requiere nuestra colaboración, es obra principalmente de Dios. Por eso pide para ellos que Dios «los santifique plenamente». De modo que todo su ser (cuerpo, alma y espíritu) se mantengan irreprochables y así aparezcan luego, cuando llegue el momento solemne de la parusía o segunda venida de Jesucristo.

No deben jamás desconfiar de Dios, pues es Él quien los ha llamado a la fe y, consiguientemente, dará todo lo necesario para llevar a cabo su obra. «(Estoy) firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6. Ver también Rom 4, 20-21; 1Cor 1,9).

Una palabra del Santo Padre:

«Desde hace veinte siglos esta fuente de alegría no ha cesado de manar en la Iglesia y especialmente en el corazón de los santos. Vamos a sugerir ahora algunos ecos de esta experiencia espiritual, que ilustra, según los carismas peculiares y las vocaciones diversas, el misterio de la alegría cristiana.

El primer puesto corresponde a la Virgen María, llena de gracia, la Madre del Salvador. Acogiendo el anuncio de lo alto, sierva del Señor, esposa del Espíritu Santo, madre del Hijo eterno, ella deja desbordar su alegría ante su prima Isabel que alaba su fe: «Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador... Por eso, todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,46-48). Ella mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas.

Sin que el discurrir aparente de su vida salga del curso ordinario, medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón, y no es que haya sido eximida de los sufrimientos: ella está presente al pie de la cruz, asociada de manera eminente al sacrificio del Siervo inocente, como madre de dolores. Pero ella está a la vez abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección; también ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

Primera redimida, inmaculada desde el momento de su concepción, morada incomparable del Espíritu, habitáculo purísimo del Redentor de los hombres, ella es al mismo tiempo la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Ella es el tipo perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada. Qué maravillosas resonancias adquieren en su singular existencia de virgen de Israel las palabras proféticas relativas a la nueva Jerusalén: «Altamente me gozaré en el Señor y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en un manto de Justicia, como esposo que se ciñe la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

Junto con Cristo, ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: «Mater plena sanctae laetitiae», y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: «Cause nostrae laetitiae».

Pablo VI, Gaudete in Domino, exhortación apostólica sobre la alegría cristiana.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Pidamos a Juan Bautista su intercesión para que crezca en nosotros un verdadero amor por la verdad y la justicia.

2. ¿De qué manera concreta puedo vivir la auténtica alegría cristiana en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 522- 524. 721-722.

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7 de Diciembre, San Ambrosio


San Ambrosio cuyo nombre significa "Inmortal" es uno de los más famosos doctores que la Iglesia de occidente tuvo en la antigüedad junto con San Agustín, San Jerónimo y San León.

Cuando apenas tenía 30 años fue nombrado gobernador de todo el norte de Italia, con residencia en Milán, y posteriormente, fue elegido Obispo de esta ciudad por clamor popular. San Ambrosio se negó a aceptar el cargo pues no era sacerdote, pero se hicieron memoriales y el Emperador mandó un decreto señalando que el santo debía aceptar ese cargo. Desde entonces se dedicó por horas y días a estudiar las Sagradas Escrituras hasta llegar a comprenderla maravillosamente.

San Ambrosio componía hermosos cantos y los enseñaba al pueblo; además, escribió muy bellos libros explicando la Biblia, y aconsejando métodos prácticos para progresar en la santidad. Especialmente famoso se hizo un tratado que compuso acerca de la virginidad y de la pureza. Además de su sabiduría para escribir, tenía el don de la diplomacia siendo llamado muchas veces por el alto gobierno como embajador del país para obtener tratados de paz cuando se suscitaba algún conflicto.

San Ambrosio falleció el viernes santo del año 397, a la edad de 57 años.

Fuente: http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=366

martes, 6 de diciembre de 2011

San Nicolas, Obispo, 6 de Diciembre


San Nicolás, cuyo nombre significa "protector y defensor de los pueblos" fue tan popular en la antigüedad que se le han consagrado en el mundo más de dos mil templos. Era invocado por los fieles en los peligros, en los naufragios, en los incendios y cuando la situación económica se ponía difícil, consiguiendo éstos favores admirables por parte del santo.

Por haber sido tan amigo de la niñez, en su fiesta se reparten dulces y regalos a los niños, y como en alemán se llama "San Nikolaus", lo empezaron a llamar Santa Claus, siendo representado como un anciano vestido de rojo, con una barba muy blanca, que pasaba de casa en casa repartiendo regalos y dulces a los niños. De San Nicolás escribieron muy hermosamente San Juan Crisóstomo y otros grandes santos, pero su biografía fue escrita por el Arzobispo de Constantinopla, San Metodio.

Desde niño se caracterizó porque todo lo que conseguía lo repartía entre los pobres. Unos de sus tíos era obispo y fue éste quien lo consagró como sacerdote, pero al quedar huérfano, el santo repartió todas sus riquezas entre los pobres e ingresó a un monasterio.

Según la tradición, en la ciudad de Mira, en Turquía, los obispos y sacerdotes se encontraban en el templo reunidos para la elección del nuevo obispo, ya que el anterior había muerto. Al fin dijeron: "elegiremos al próximo sacerdote que entre al templo". En ese momento sin saber lo que ocurría, entró Nicolás y por aclamación de todos fue elegido obispo. Fue muy querido por la cantidad de milagros que concedió a los fieles.

En la época del Licino, quien decretó una persecución contra los cristianos, Nicolás fue encarcelado y azotado. Con Constantino fueron liberados él y los demás prisioneros cristianos. Se dice que el santo logró impedir que los herejes arrianos entrasen a la ciudad de Mira.

El santo murió el 6 de diciembre del año 345. En oriente lo llaman Nicolás de Mira, por la ciudad donde fue obispo, pero en occidente se le llama Nicolás de Bari, porque cuando los mahometanos invadieron a Turquía, un grupo de católicos sacó de allí, en secreto, las reliquias del santo y se las llevó a la ciudad de Bari, en Italia.

En esta ciudad se obtuvieron tan admirables milagros por su intercesión, que su culto llegó a ser sumamente popular en toda Europa. Es Patrono de Rusia, de Grecia y de Turquía.

Fuente: http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=365

lunes, 5 de diciembre de 2011

5 de Diciembre, San Sabas, Abad


Nació en Turquía en el año 439. Era hijo de un comandante del ejército, quien tuvo que partir a lejanas tierras y lo dejó confiado a un tío. Apenas a los ocho años, sufrió el desprecio de sus parientes, los cuales se rehusaban a educarlo. San Sabas, se fue a un monasterio, y después de pasar varios años como monje ejemplar en su tierra, decidió partir a Jerusalén para aprender la santidad con los monjes de ese país.

Se dedicó a una vida llena de oración y penitencia. Trabajaba diez horas al día, hacía canastos y los vendía para poder llevar alimentos a los más ancianos y débiles.

El santo pasó cuatro años seguidos en el desierto sin hablar con nadie. Luego empezaron a llegar monjes a pedirle que los dirigiera hacia la santidad a lo que el santo accedió. Llegó a tener 150 monjes cerca del Mar Muerto, y cuando tuvo 50 años fue ordenado sacerdote por el Arzobispo de Jerusalén, y nombrado jefe de todos los monjes de Tierra Santa. Con la herencia que le dejaron sus padres construyó dos hospitales.
Por tres veces fue enviado a Constantinopla, residencia del emperador, a obtener que este no apoyara a los herejes y que favoreciera la Tierra Santa. San Sabas llegó a dirigir personalmente a muchos monjes y entre sus dirigidos hay varios santos canonizados como San Juan Damasceno y San Teodoro.

Murió el 5 de diciembre del año 532, a los 94 años de edad. Su monasterio, cerca del Mar Muerto, es uno de los tres monasterios más antiguos que existen en el mundo.

Fuente: http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=364