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sábado, 17 de diciembre de 2011

Domingo de la 4ta Semana del Tiempo de Adviento, Ciclo B, Domingo 18 de diciembre de 2011, lecturas dominicales



«El que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios»

Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16

«Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: «Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles.» Respondió Natán al rey: «Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo.»

Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo: «Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra: fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos.

Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 16, 25-27


«A Aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe, a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén».

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,26-38

«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, = porque ninguna cosa es imposible para Dios.»

Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue».


Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Próximos ya a la celebración del Misterio de la Navidad, la Iglesia hace preceder al nacimiento del Salvador el misterio de la Virgen-Madre, porque tiene la clara «conciencia de que María apareció antes de Cristo en el horizonte de la historia de la salvación», como ha dicho Juan Pablo II. El arcángel Gabriel le anticipa a María que su hijo: «será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David».

El segundo libro de Samuel (Primera Lectura) nos presenta al rey David con la intención de construir un templo para Yahveh pero el profeta Natán indica a David que la voluntad de Dios es diversa: no será él, el rey David, quien construirá el templo, sino que será Dios mismo quien dará a David, una «casa», una descendencia y un reino que durarán por siempre.

María, concebida sin pecado y colmada de la gracia y santidad de Dios, fue elegida para una misión muy específica: ser Madre de Dios y Madre nuestra. De este modo, Dios mismo, «al llegar la plenitud de los tiempos» habitaría en su seno purísimo para tomar de Ella nuestra humanidad y «construirse» así en María una morada dignísima. Este es el gran Misterio escondido por siglos eternos y manifestado en Jesucristo con el fin de atraer a todos los hombres a la «obediencia de la fe» (Segunda Lectura). Porque tanto nos ha amado Dios que nos ha dado a su Hijo único para que tengamos en Él la vida eterna.

«Yahveh te edificará una casa»

Ésta es la primera intervención del profeta Natán que desempeñará un papel muy importante a lo largo del reinado del rey David. Cuando éste muere; la casta se va a dividir y Adonías (cuarto hijo de David) va a querer usurpar el poder, sin embargo Natán ungirá a Salomón (el segundo hijo de David con Betsabé) como rey sucesor. La profecía que leemos en la Primera Lectura, se elabora a base de una contraposición: no será David quien edifique una casa (un templo) para Yahveh sino que será Yahveh quien levantará una casa - es decir una dinastía- a David. La promesa concierne esencialmente a la permanencia del linaje davídico sobre el trono de Israel e irá más allá del primer sucesor de David: Salomón. Éste es el primer eslabón de las profecías sobre el Mesías como hijo de David, título aplicado posteriormente a Jesús (ver Hch 2, 29-30).

El más grande Misterio de toda la humanidad

Uno puede leer mil veces, un millón de veces, el relato de la Anunciación-Encarnación y siempre encontrará algo nuevo, porque nos habla de un misterio insondable que no puede ser agotado por nuestra limitada inteligencia. Si la literatura consiste en transmitir un contenido valioso usando el vehículo de la palabra humana, podemos decir que aquí tenemos la página más hermosa de toda la literatura universal. Con una sobriedad impresionante se relata el acontecer de un misterio que recapitula y, de golpe, da sentido a todo el Antiguo Testamento y a toda la historia humana. Lo que era oscuro y latente, aquí se hizo luminoso y patente.

Dios estaba realizando la promesa de salvación enviando a su Hijo único para que asumiera la naturaleza humana en el seno de una Virgen y diera cumplimiento a todas las profecías. Cuando Lucas, después de informarse de todo diligentemente, escribió su Evangelio, él no sabía que nosotros lo íbamos a editar junto con los otros tres Evangelios. Él quiso escribir una obra completa como si fuera el único relato del misterio de Cristo y de la Iglesia (su Evangelio se prolonga en los Hechos de los Apóstoles). Por eso aquí tenemos la primera presentación de la Virgen María: «El sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José de la casa de David; el nombre de la virgen era María». No sobra ninguna palabra; el estilo carece de todo triunfalismo y adorno superfluo.

Este comienzo recuerda la presentación de los grandes profetas a quienes es dirigida la Palabra de Dios. Así es presentado Ezequiel: «En el año treinta... fue dirigida la palabra del Señor a Ezequiel, hijo de Buzí en el país de los caldeos...» (Ez 1,1-3). Así es presentado Oseas: «Palabra del Señor que fue dirigida a Oseas, hijo de Beerí, en tiempos de Ozías...» (Os 1,1). En el caso de Jonás leemos: «La palabra del Señor fue dirigida a Jonás» (Jon 1,1).

Pero en el caso de la Virgen María, le fue enviado un ángel de parte de Dios para anunciarle que en ella tomaría carne la Palabra eterna de Dios. Ella la acogería en su seno y la daría al mundo. La Epístola a los Hebreos nos ayuda a ver la diferencia en relación a los profetas del Antiguo Testamento: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1,1-2). Esta Palabra, que existía desde siempre junto al Padre, fue modulada en el seno de María y desde allí fue pronunciada al mundo.

«¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»

El Evangelio de hoy es el anuncio de un nacimiento. La Virgen supo desde el primer momento quién era el que iba a nacer. El arcángel le dijo claramente su identidad y la Virgen comprendió que esta era la promesa hecha a David y que tenía ahora cumplimiento; comprendió que el que iba a nacer era el Mesías, el que Israel esperaba como salvador. Pero subsiste un problema. De la pregunta de María se deduce que ella tenía un propósito de perpetua virginidad, es decir, de consagración total a Dios, percibido como una llamada divina.

No se pueden entender de otra manera sus palabras (tanto más considerando que ella estaba comprometida como esposa de José que sin duda también había aceptado mantenerse célibe): «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». «Conocer varón» es una expresión idiomática para indicar la relación sexual; y «no conozco», dicho en presente, indica una situación que se prolonga perpetuamente. De lo contrario, ¿qué dificultad podía encontrar una esposa al anuncio del nacimiento de un hijo? La literatura antigua está llena de anuncios de nacimientos y ninguna mujer reacciona así.

El problema de María es que, de parte de Dios, siente el llamado a la virginidad perpetua y, de parte de Dios, se le anuncia el nacimiento de un hijo, y más encima, del Mesías esperado. La respuesta del arcángel le disipa toda duda: «El Espíritu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra... ninguna cosa es imposible para Dios». El Espíritu de Dios es el que, cerniéndose sobre el abismo caótico, puso armonía y belleza en el universo creado (ver Gn 1,2); el Espíritu de Dios es el que da vida al polvo que es el hombre (ver Gn 2,7; Sal 104,29-30); el Espíritu de Dios hace revivir los huesos secos (ver Ez 37,10); el Espíritu de Dios hace conocer la Verdad (ver Jn 16,13). El Espíritu de Dios puede hacer que una mujer sea virgen y madre.

El resto del anuncio, es decir, la identidad completa del que iba a nacer, la Virgen no lo pudo comprender plenamente en ese momento: «Será grande y será llamado Hijo del Altísimo... será santo y será llamado Hijo de Dios». Esto era un misterio que ella comprendería en plenitud después de peregrinar en la fe y de conservar, meditándolas en su corazón, cada cosa y cada palabra de Jesús. La Virgen María se entregó sin reserva al misterio de la vida que se engendraba en ella y comenzó su maternidad. Lo aceptó con estas palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra». Si tenía otros planes en su vida, en este momento quedaron todos sometidos al Plan de Reconciliación del Padre amoroso.

«La obediencia de la fe»

Si tratamos de entender lo que San Pablo quiere decir cuando nos habla de «obediencia de la fe» en su carta a los Romanos, podemos decir que se trata de la confianza absoluta puesta en Dios y en lo que Él revela. A la luz de la experiencia de María, que leemos en el pasaje de San Lucas, estamos invitados a vivir «la obediencia de la fe» como una respuesta a la invitación de Dios a cooperar con su Divino Plan. Y no podía ser de otro modo, pues siendo Dios Amor, quiere de nosotros una respuesta generosa, y por ello respeta infinitamente la libertad de su creatura humana. De este modo Dios ha hecho depender del hombre mismo, en sentido último y real, su propia salvación: «Nos creaste sin nuestro consentimiento, pero sólo nos salvarás con nuestro consentimiento», decía san Agustín. El hombre no puede alcanzar la propia salvación y realización humana si no es por la obediencia de la fe, libre y amorosa.

Una palabra del Santo Padre:

«En la actual sociedad de consumo, este período sufre por desgracia una especie de «contaminación» comercial, que corre el riesgo de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad, una alegría que no es exterior, sino íntima. Por tanto, es providencial que, como una puerta de entrada en la Navidad, exista la fiesta de la Madre de Jesús, quien mejor que nadie puede guiarnos a conocer, amar, adorar al Hijo de Dios hecho hombre.

Dejemos, por tanto, que sea ella quien nos acompañe; que sus sentimientos nos animen a predisponernos con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en el Niño de Belén al Hijo de Dios, venido a la tierra por nuestra redención. Caminemos junto a ella con la oración y acojamos la repetida invitación que nos dirige la Liturgia de Adviento a permanecer en espera, una espera vigilante y gozosa, pues el Señor no tardará: viene a liberar a su pueblo del pecado.

En muchas familias, continuando una bella y consolidada tradición, inmediatamente después de la fiesta de la Inmaculada, se empieza a preparar el belén, como si se quisiese revivir junto a María estos días plenos de trepidación que precedieron al nacimiento de Jesús. Hacer el belén en casa puede ser una forma sencilla pero eficaz de presentar la fe y transmitirla a los propios hijos. El pesebre nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios que se ha revelado en la pobreza y en la sencillez de la gruta de Belén.

San Francisco de Asís quedó tan sobrecogido por el misterio de la Encarnación que quiso volver a presentarlo en Greccio con el pesebre viviente, convirtiéndose de este modo en el iniciador de una larga tradición popular que todavía conserva hoy su valor para la evangelización. El belén nos puede ayudar, de hecho, a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8, 9). Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a quienes, como los pastores, acogen en Belén las palabras del ángel: «esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lucas 2, 12). Sigue siendo el signo también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad».

Benedicto XVI. Ángelus 11 de diciembre de 2005.


Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. La maternidad es un auténtico don de Dios. Recemos por aquellas mujeres que están en estado de «buena esperanza» para que acojan con amor y cariño a ese niño que llevan en su vientre. También pidamos por aquellas madres que están pensando abortar en estos días, para que se abran a la gracia de Dios y acogen la bendición de una «vida nueva».

2. Acojamos el pedido de Benedicto XI y de manera particular vivamos estos últimos días del Adviento cerca de la Madre de Dios, la Virgen María.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 456 - 460. 496 - 498. 502- 511.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Domingo 4 de diciembre de 2011 - Domingo de la Semana 2 del Tiempo de Adviento. Ciclo B


«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»

Lectura del profeta Isaías 40, 1-5. 9-11

«Consolad, consolad a mi pueblo - dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado.»



Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está vuestro Dios.» Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas».



Lectura de la segunda carta de San Pedro 3,8-14



«Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, = mil años, como un día. = No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.



Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha».



Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1,1-8



«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: = Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. = Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas, = apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.



Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».





& Pautas para la reflexión personal



z El vínculo entre las lecturas



El Evangelio, en este segundo Domingo de Adviento, nos presenta la figura de «Juan el Bautista» y su fuerte predicación sobre la conversión. Juan prepara los caminos y anuncia la venida de Aquél que es más fuerte que él. La vuelta del exilio babilónico porta un mensaje consolador y lleno de esperanza para el pueblo elegido: «Preparad en el desierto un camino al Señor…Ahí viene el Señor Yahveh con poder y su brazo lo sojuzga todo» (Primera Lectura). El Apóstol San Pedro sale al encuentro de aquellos que están tentados a dormirse y olvidar el Día del Señor que «llegará como un ladrón» en el momento menos esperado. ¿Cómo debemos esperarlo? Esforzándonos para estar «en paz ante Él, sin mancha y sin tacha».



J «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios…»



Ésta es la frase con la cual se inicia el Evangelio de San Marcos. A ella se debe el hecho de que nosotros llamemos «Evangelio» a los cuatro escritos que contienen el misterio cristiano. Es intere­sante detenerse a analizar el término «evangelio», que tiene tanta importancia en el cris­tianismo. En su acepción original el término «evan­gelio» no desig­naba un libro. Este concepto encierra una inmensa riqueza de significado y su explicación es muy apro­piada al tiempo de Ad­viento en que nos encontramos. ¿Qué significa entonces el término «evangelio» y por qué al anun­cio de Jesucristo se llama «evangelizar»? «Evangelio» es una palabra griega compuesta de la parti­cula «eu», que significa «bueno» y del sustantivo «angelion», que significa «anuncio, noticia, mensaje». Por eso suele traducirse por «buena noti­cia».



Pero es más que esto. En el campo profano un «evangelio» es el anuncio o la noticia de algo que está destinado a cambiar la vida de quién lo recibe. Por ejemplo, la noticia de que se ha decla­ra­do la paz, anun­ciada a los soldados que están en las trinche­ras arriesgando sus vidas lejos de sus hogares, susci­ta en ellos una explo­sión de alegría. Esa noticia hace cam­biar su estado de ánimo, hace nacer planes del regreso a casa y proyectos para el futuro, da a la vida una perspecti­va nueva. Ese anun­cio es un «evange­lio». Para estos casos se usaba la palabra «evangelio». Cuando se anuncia a un encar­celado esta noticia: «Se ha cumplido tu condena; eres li­bre», eso es un «evangelio». Así vemos que se usa en el Antiguo Testamento: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que evangeliza la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salva­ción, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!» (Is 52,7).



La imagen es la de una ciudad asediada y rodeada por ejércitos a la cual inesperada­mente llega el anuncio de que el enemigo se ha retirado. Los que temían la muerte, ahora pueden gritar: «Estamos salva­dos". Han recibi­do un "evangelio». Por otro lado es interesante notar que en la época helenística el término recibe una connotación religiosa nueva en relación al culto imperial. La elevación de Vespasiano a la dignidad de Emperador constituye el objeto de un «evangelio». Varias inscripciones helenísticas en honor de algún rey o del emperador atestiguan que el significado religioso y salvífico del término estaba ya extendido en tiempos de Jesús.



Para que haya un «evangelio» tiene que preceder un tiempo de espera, de expectativa, de carencia de algo que se anhela o de alguien cuya venida se añora. Por eso decimos que el tiempo de Adviento es apropiado para entender el significado de este térmi­no. Estamos en la actitud de quien anhela la venida de Cristo y, con Él, la llegada de la salva­ción. El Evan­gelio es el anuncio de la salvación defi­nitiva de la esclavi­tud del pecado y de la muerte. San Juan Crisós­tomo lo dice hermosamente: «Los que ayer eran cautivos, ahora son hombres libres y ciudadanos de la Iglesia; los que antaño estaban en la vergüenza del pecado están ahora en la santidad» (Catequesis bautismal III, 5). Éste es el anuncio que se oyó en la noche buena cuando nació el Salva­dor: «Os evan­geli­zo una gran alegría: Os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salva­dor, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). Ese anuncio es un verdadero «Evangelio».





J «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de su promesa… llegará como ladrón»



Los últimos Domingos del año litúrgico con­cluido hace dos semanas nos ponían ante la perspectiva de la venida final de Jesu­cristo. La fe en este hecho futuro es tan fundamental en nuestra vida cristiana que ha sido incorpo­rado como un artículo del Credo: «De nuevo vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos». Esta misma perspec­tiva se prolon­gaba en el primer Domingo del Ad­viento, donde resona­ba con insis­tencia la recomendación: «Velad», y se procuraba nutrir en nosotros la actitud de espera que debe carac­terizar la vida de todo cristiano.



Este Domingo no se abandona esta perspectiva comple­tamente, pues está presente en la Segunda Lectura, tomada de la II carta de San Pedro. Ya en la época en que fue escrita esa carta (a fines del siglo I) se consideraba que la espera de la venida final del Señor era demasiado prolongada y se procuraba explicar su retraso: «No se retrasa el Señor en el cumpli­miento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con voso­tros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión».



Pero, por medio de la Primera Lectura y, sobre todo, del Evangelio, este Domingo se desplaza nuestra atención hacia el tiempo en que la humanidad esperaba la primera venida de Cristo. En el tiempo anterior a la venida de Cristo, el profeta Isaías veía ya próximo el momento de la salvación. Después del tiempo del castigo por sus peca­dos y del destierro, comienza para el pueblo de Dios el tiempo del consuelo. El profeta ha reci­bido esta ins­trucción del Señor: «Consolad, conso­lad a mi pueblo».



El consuelo consistiría en la venida de Dios mismo en perso­na. Pero hay que prepararle un camino: «Una voz grita: 'En el desierto abrid camino al Señor; trazad en la estepa una calzada recta para nuestro Dios. Que todo valle sea eleva­do, y todo monte y cerro rebajado; que lo escabroso se vuelva llano y lo torcido se enderece[1]'». ¿De quién es esta voz que así grita? No es la voz del profeta; tampoco es la voz de Dios mismo. Es una voz misteriosa no identificada. Lo que sí se conoce es lo que anuncia: anuncia que el Señor vendrá y que es necesa­rio prepararle un camino.



J «Voz que clama en el desierto»



Podemos entender ahora el sentido de las primeras palabras del Evangelio de Marcos: «Conforme está escrito en Isaías, el profeta: 'Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino; voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas', -conforme a eso- apareció Juan bautizando en el desierto...». Lo que el evangelista quiere decir es que Juan el Bautista es esa voz misteriosa que en Isaías no había sido identi­ficada. La aparición de esa voz indica que ya está próximo el momen­to de la venida del Señor trayendo el consuelo para su pueblo. San Ambrosio dirá que ésa es como la del trueno que conmueve los desiertos. La actividad de Juan consistió precisamente en prepa­rar al pueblo para la venida de Jesús. Y lo hizo «procla­mando un bautismo de conversión para perdón de los peca­dos».



La preparación para recibir a Jesús es siempre la conversión que, por medio del Bautismo y de la Penitencia, nos obtiene el perdón de los pecados. Ésta es también la preparación para la venida presente de Jesús, cuando Él viene a nosotros como alimento de vida eterna en la Euca­ristía. Es también la preparación para su venida final cuando venga en la gloria, como lo recordaba San Pedro en su carta: «Esforzaos por ser halla­dos ante Él en paz, sin mancha y sin tacha».



Juan desarrolló un gran movimiento en torno a él, ya que acudían a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén. Había peligro de que él mismo fuera identificado como el Salvador esperado. El Evange­lista San Lucas lo dice explícitamente: «Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazo­nes acerca de Juan, si no sería él el Cristo» (Lc 3,15). Esto debió parecerle a Juan un absurdo. El sabía quién era él y quién era aquél que anunciaba. Si en Isaías «la voz» grita que se prepare el camino «al Señor», hay un mundo de diferencia entre «la voz» y «el Señor». San Marcos nos dice que Juan es esa voz; pero el anunciado por esa voz es el Señor; Él viene después de Juan.



Esto Juan lo sabe bien y por eso rechaza enérgicamente la idea que él pudiera ser el espe­rado[2]: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sanda­lias. Yo os bautizo con agua, pero Él os bautiza­rá con Espíritu Santo». La primera imagen que Juan nos da para indicar la grandeza de Jesús es insuficiente: «No soy digno de desa­tarle la correa de las sandalias».



Esta diferencia de rango se da también entre los hombres ¡por desgracia! Pero la segunda afirmación expresa verdaderamente la grandeza del que viene: «Yo os bautizo con agua; Él os bautizará con Espíritu Santo». El Espíritu Santo es el don de Dios por excelencia. El único que puede comunicar el Espíritu Santo es Dios mismo.



En efecto, en el Antiguo Testamento cada vez que Dios encomienda al hombre una misión que es imposible a las solas fuerzas humanas, lo provee de su Espíritu, y entonces el hombre se hace capaz. Este don lo comunicará el que es anunciado por Juan.









+ Una palabra del Santo Padre:



«¡Queridos hermanos y hermanas! Con este Domingo comienza el Adviento, tiempo sumamente sugerente desde el punto de vista religioso, pues está lleno de esperanza y de espera espiritual: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para hacer memoria del nacimiento del Redentor, experimenta en sí un escalofrío de alegría, que se comunica, en cierta medida, a toda la sociedad.



En Adviento, el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, levanta la mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es el regreso glorioso del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se agacha ante el Nacimiento. La esperanza de los cristianos se dirige al futuro, pero siempre queda bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María, «nacido de mujer, nacido bajo la ley», como escribe el apóstol Pablo (Gálatas 4, 4)…

Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos tienen que despertar en su corazón la esperanza de poder, con la ayuda de Dios, renovar el mundo. En este sentido, quisiera recordar también hoy la constitución del Concilio Vaticano II, « Gaudium et spes» sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero en particular al número 39, titulado: «Tierra nueva y cielo nuevo». En ella se puede leer: «Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia (Cf. 2 Corintios 5,2; 2 Pedro 3,13)…



No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra». Los buenos frutos de nuestro esfuerzo los volveremos a encontrar, de hecho, cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. Que María santísima, Virgen del Adviento, nos permita vivir este tiempo de gracia vigilando y comprometidos en la espera del Señor».



Benedicto XVI., Ángelus del 27 de noviembre del 2005.



' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana



1. «Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas» de la existencia humana; nos exhorta Juan el Bautista ¿De qué manera concreta voy a vivir este mensaje?



2. Acojamos las palabras de Benedicto XVI y acudamos a María, la Virgen del Adviento, para esperar con ella el nacimiento del Niño-Dios.



3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 717-720.







[1] Ver Mal 3,1-2; Is 52, 7-9.



[2] Esta información es tan precisa y necesaria que sale en los cuatro Evangelios al mencionar la figura de Juan el Bautista.

martes, 22 de noviembre de 2011

27 de noviembre de 2011 - Domingo de la Semana 1 de Adviento, ciclo b


«Estad atentos y vigilad »

Lectura del profeta Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7

«Tú, Yahveh, eres nuestro Padre, tu nombre es «El que nos rescata» desde siempre. ¿Por qué nos dejaste errar, Yahveh, fuera de tus caminos, endurecerse nuestros corazones lejos de tu temor? Vuélvete, por amor de tus siervos, por las tribus de tu heredad. ¡Ah si rompieses los cielos y descendieses - ante tu faz los montes se derretirían! Tú descendiste: ante tu faz, los montes se derretirán. Nunca se oyó. No se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo vio a un Dios, sino a ti, que tal hiciese para el que espera en él. Te haces encontradizo de quienes se alegran y practican justicia y recuerdan tus caminos. He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos pecadores; estamos para siempre en tu camino y nos salvaremos.

Somos como impuros todos nosotros, como paño inmundo todas nuestras obras justas. Caímos como la hoja todos nosotros, y nuestras culpas como el viento nos llevaron. No hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse a ti. Pues encubriste tu rostro de nosotros, y nos dejaste a merced de nuestras culpas. Pues bien, Yahveh, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros».

Lectura de la primera carta de San Pablo a los cristianos de Corinto 1, 3-9

«Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo.

Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo. El os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el Día de nuestro Señor Jesucristo. Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13,33-37

«Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»


Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas


Con el I Domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico (ciclo B). Jesucristo es el centro de la historia humana. Su venida al mundo es el aconteci­miento más importante de toda la historia, de manera que todo lo que ocurre dentro del tiempo se clasifica en «antes» o «des­pués de Cristo». Justamente las lecturas de este Domingo se refieren a esa anhelante espera así como a la salvación prometida por Dios. En la Primera Lectura tenemos una bellísima oración, en forma de salmo[1], que expresa los sentimientos de los israelitas que volvían alegres a la tierra prometida después del destierro, pero advertían que, extrañamente, la intervención salvífica de Dios se hacía esperar: «¡Ah si rompieses los cielos y descendieses!» Hay dolor por la realidad actual, pero esperanza serena en la promesa del Señor. En la Segunda Lectura San Pablo nos dice que ya no nos falta ningún don: todo ya ha sido dado en Jesucristo para nuestra Reconciliación ya que Dios es siempre fiel a todas sus promesas. El Evangelio de San Marcos indica cuál debe de ser la actitud normal del creyente consecuente con su fe: la espera vigilante. ¡El Señor está para llegar en cualquier momento en nuestras vidas! Qué absurdo resulta entonces no vigilar y mas aún quedarnos dormidos…no sea que llegue de improviso.

«Yahveh, tú eres nuestro Padre y Redentor desde siempre»

Después de recordar la actitud providente de Dios con su pueblo, Isaías invita a Yahveh a manifestar de nuevo sus cuidados y prodigios. Le pide que contemple desde el cielo (ver 63,15) y vea la situación actual de su pueblo abandonado: «¿dónde está tu celo y tu fortaleza…?¿Y tus misericordias ante mí se han contenido?». Sin embargo el profeta reconoce que Yahveh es el único que los puede rescatar y redimir[2] de sus culpas. El profeta alza al cielo una pregunta y pregunta por qué los deja andar errantes por sus caminos o caprichos, permitiendo que se endurezca su corazón, de modo que no obren según el temor de Dios.

Esta situación de abandono hace que el profeta sienta ansias de que se «abran los cielos», el único obstáculo físico entre Dios y su pueblo. Sin embargo, después de reconocer los pecados del pueblo, el profeta apela a la misericordia de Dios: Israel es su pueblo y Yavheh no es indiferente a sus calamidades. «Pues bien, Yahveh, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros». La única razón de existir de Israel es justamente la elección de Dios. Y esto nunca está lejos del corazón de Dios.

«Estad atentos y vigilad»

El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras de Jesús: «Estad aten­tos y vigilad, porque igno­ráis cuándo será el momento". Y luego Jesús agrega una parábola para ilustrar la necesidad de estar siempre a la espera: «Es igual que un hombre que se ausenta... y ordena al portero que vele: velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la ca­sa...». En el breve Evange­lio de este Domingo es claro que no sabemos el momento, pero no se nos aclara el momento de qué. Es porque ya lo ha dicho Jesús antes: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vien­tos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo» (Mc 13,26-27).

Lo importante es fijar ahora nuestra mirada en ese momento de la venida final de Jesús. Si el momento de la primera venida de Cristo, con una ciencia más depurada, podría llegar a fijarse con precisión, el momento de su última venida es imposible predecirlo. Esto es un punto firme de la enseñanza de Cris­to, tanto que llega a decir: «De aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32). «Nadie sabe nada»; y entre los que excluye el conocimiento de este día, excluye también al Hijo (se entiende en su condición humana, que es la situa­ción en que habría podido revelarlo). Hay una sola excep­ción: el Padre. Es que Dios no tiene sucesión de tiempo; Él ve toda la historia presente de punta a cabo. Es como el autor de una pieza de teatro que en el momento de crearla ya sabe cuándo empieza y cuándo termina. Nadie más lo sabe por más que aparezcan los clásicos «sabedores de todas las ciencias ocultas» que quieran embaucarnos con falsas previsiones.

Alguien podría pensar que el tema de la espera vigi­lante es más intenso ahora que antes, pues ahora estamos más cerca del fin. En realidad, el tema de la vigilancia rige en todas las edades con igual intensidad. Este es el sentido de la amplia­ción de los destinatarios que leemos en el Evangelio: «Lo que a vosotros digo, lo digo a todos: ¡Velad!». Lo que Jesús mandaba a los de su tiempo lo manda también a noso­tros más de 2000 años después, y su voz resuena con la misma urgencia en todas las edades intermedias. Es esencial a la condición cristiana estar en vela siempre y esperando. La advocación cristiana más antigua lo atesti­gua: «Marana tha: Señor, ven» (1Cor 16,22).

«No sea que los encuentre dormidos…»

San Agustín comentando sobre la vigilancia distingue el sueño del cuerpo y el sueño del alma: «Dios ha concedido al cuerpo el don del sueño, con el cual se restauran sus miembros, para que puedan sostener al alma vigilante. Lo que debemos evitar es que nuestra alma duerma. Malo es el sueño del alma. El sueño del alma es el olvido de su Dios... A éstos el apóstol dice: 'Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo' (Ef 5,14). Así como el que duerme corporalmente de día, aunque brille el sol y el día caliente, es como si estu­viera de noche; así también algunos, ya presente Cristo y anuncia­da la verdad, yacen en el sueño del alma».

El que duerme tiene que despertarse ahora; no mañana, porque no sabe si el Señor viene «al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada». No hay que ser como ese hombre que tenía el vicio del juego y dijo: «Prometo que desde mañana ya no jugaré más; esta noche será la última vez». Éste está perdido, porque mañana dirá lo mismo y así sucesivamente, y el día del Señor lo sorprenderá durmiendo. Hay que ser como este otro: «Mañana no sé; pero esta noche, no». El primero se parece demasiado a los que duermen y dicen hoy, al comenzar el Adviento: «Me volveré a Dios sin falta para Navidad». Es seguro que cuando llegue la Navidad, dirán: «Lo haré sin falta en Cuares­ma..., etc.». A cada uno nos manda el Señor el mismo mensaje que envió a la Iglesia de Laodicea: «Sé ferviente y arrepiénte­te. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,19-20).

El tiempo de espera

El tiempo de Adviento es un tiempo de con­versión, de peni­tencia, de sobriedad, de vigilancia, de ayuno, porque «nos ha sido quita­do el Esposo» y todavía no vuelve. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger nos explica bellamente: «Reflexionemos un poco acerca de lo que significa la palabra «adviento». Esta es una palabra latina, que en nuestro idioma, se puede traducir por «presencia» o «llegada» o «venida». En el lenguaje del Antiguo Testamento se designaba la llegada de algún personaje oficial, especialmente la de reyes o los césares a la provincia.

Pero también podía expresar la llegada de la divinidad, la cual salía de su ocultamiento y manifestaba con poder su actuación, o cuya presencia en el culto se celebraba de una manera festiva y solemne. Esta palabra la tomaron los cristianos para expresar su relación especial respecto a Jesucristo. Él es para ellos el rey que hizo su entrada en esta pobre provincia de la tierra y a la que Él regala la fiesta de su visita; Él es aquél en cuya presencia en la reunión litúrgica ellos creen. De un modo general, ellos trataban de decir con esta palabra: Dios está aquí. Él no se retiró del mundo. No nos dejó solos. Aun cuando no podamos verle y tocarle, como si se tratara de una cosa, sin embargo, está aquí y viene a nosotros de muchas maneras.

Un segundo elemento fundamental del adviento es el aguardar, lo cual, al mismo tiempo, es una esperanza. El adviento representa lo que es, en fin de cuentas, el contenido del tiempo cristiano y el contenido de la historia. Jesús dejó ver esto en muchas parábolas: en la historia de los criados que aguardan al regreso de su Señor o que se olvidan del mismo y que actúan como si ellos fueran los dueños; en la narración acerca de las vírgenes que esperan al novio o que no le quieren esperar, y en las parábolas de la semilla y de la cosecha.

Una palabra del Santo Padre:

«Con este primer Domingo de Adviento se abre el nuevo año litúrgico y, más específicamen­te, se inicia el período de preparación para la Navi­dad. Toda la Iglesia, peregrina en el mundo, se pone en camino hacia el Mesías esperado. Dios es «Aquel que viene»: vino a nosotros en la persona de Jesucristo; sigue viniendo en los sa­cramentos de la Iglesia y en todo ser humano que implora nuestra ayuda; y vendrá en la gloria al final de los siglos. Por eso, el Adviento se ca­racteriza por la espera vigilante y activa, alimen­tada por el amor y la esperanza, que se expresa en la alabanza y la súplica y se traduce en obras concretas de caridad fraterna.

El Adviento (nos prepara a celebrar) la venida del Salvador en la humildad de nuestra naturaleza humana. (…) Prepararse para la Navidad significa este año disponerse a entrar por la Puerta santa, símbolo del paso a la vida nueva y eterna, que Jesucristo vino a abrir ante todo hombre. Esto acentúa la dimensión penitencial, ya presente en el tiempo de Adviento, y que recuerda con fuerza la figura de Juan el Bautista, el cual enseña precisamente que el camino del Señor se prepara con el cam­bio de mentalidad y de vida (cf. Mt 3, 1-3).

El Adviento es tiempo mariano por excelen­cia, porque María esperó y acogió de manera ejemplar al Hijo de Dios hecho hombre. Que la Virgen santísima nos ayude a abrir las puertas de nuestro corazón a Cristo, Redentor del hombre y de la historia; nos enseñe a ser humildes, porque en el humilde pone Dios su mirada; nos haga comprender cada vez más el valor de la oración, del silencio interior y de la escucha de la palabra de Dios; nos impulse a una íntima y sincera bús­queda de la voluntad de Dios, incluso cuando al­tera nuestros proyectos; y nos anime a esperar al Señor, compartiendo nuestro tiempo y nuestras energías con los necesitados. Madre de Dios, Virgen de la espera, haz que el Dios que viene nos encuentre dispuestos a acoger la abundancia de su misericordia».

Juan Pablo II. Ángelus, 28 de noviembre de 1999.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Vivamos junto con la Iglesia la espera del nacimiento del Niño Jesús. Preparemos y encendamos la primera vela de la corona de adviento en familia.

2. Nuestra esperanza no se da en abstracto. ¿Cómo voy a vivir de manera concreta esa espera? ¿Qué medios voy a colocar para poder en este tiempo acercarme más a Jesús y a María?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 524. 1095. 1817-1821.

[1] Los salmos son oraciones que expresan toda clase de afectos y experiencias humanas, pero principalmente manifiestan una fe y una confianza profunda en Dios.

[2] Redimir: (Del lat. redimĕre). Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio. Dicho de quien cancela su derecho o de quien consigue la liberación: Dejar libre algo hipotecado, empeñado o sujeto a otro gravamen. Librar de una obligación o extinguirla. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia.

lunes, 8 de junio de 2009

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo B

«Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre»

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

«Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh”. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel.

Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”».

Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

«Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna.

Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida».

Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26

«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?” Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: "El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?" El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros”.

Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales (Primera Lectura). La nueva Alianza se sella también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador (Segunda Lectura). En la Última Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza; aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano (Evangelio).

 ¿Cuándo comenzó la fiesta del Corpus?

La fiesta del Corpus Christi se celebró por primera vez en la diócesis de Lieja, Bélgica (1246); y entró en el misal romano para la Iglesia universal en el mismo siglo XII, con el esquema litúrgico de Santo Tomás de Aquino. La causa inmediata que determinó a Urbano IV en 1246 establecer oficialmente esta fiesta fue un hecho extraordinario ocurrido en 1263 en Orvieto, Italia, cerca de Bolsena, donde se encontraba el Papa ocasionalmente. Sucedió que un sacerdote, con fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la eucaristía, mientras celebraba la Santa Misa, vio caer de la Hostia consagrada borbotones de sangre que tiñeron de rojo el corporal que actualmente se venera en la bellísima catedral de Orvieto que fue construida especialmente para este fin.

 La Alianza del Sinaí

El texto del Éxodo es particularmente importante porque formaliza de modo solemne la alianza entre Dios y su pueblo. En realidad, la historia de la alianza se confunde con la historia de la salvación. Esta alianza ya existía antes de que fuera consagrada en el Sinaí. Recordemos que ya había sido prometida a Noé después del diluvio: «Pero contigo estableceré mi alianza» (Ver Gen 6,18; 9,9-17), y había sido concertada con Abraham de manera solemne: «Aquel día firmó Yahveh una Alianza con Abraham» (Ver Gen 15,18; 17,2-21). Dios ya había obrado maravillas en favor del pueblo de Israel y lo había liberado de la esclavitud de Egipto. Sin embargo, es en el Sinaí donde el pueblo acepta la alianza y se compromete a obedecerla de modo solemne. El Señor lo conduce al desierto y lo lleva a la montaña para concluir su pacto. La iniciativa siempre es de Dios. Moisés, el mediador, hace lectura ante el pueblo de la ley (los mandamientos) que son el contenido de la alianza que el Señor establece con su pueblo. El pueblo, por su parte, se compromete a observar todo aquello que le manda el Señor.

Moisés se levanta temprano erige un altar con las doce piedras que simbolizan las doce tribus de Israel. Se ofrecen los sacrificios y se vierte la sangre de las víctimas sobre el altar y se rocía al pueblo. Conviene comprender bien el alcance de este rito. La inmolación de una víctima podía ser de dos formas: el holocausto, es decir, la víctima era totalmente consumida por el fuego; y el sacrificio pacífico o de comunión en el que la víctima sacrificada se dividía en dos, una se ofrecía a Yahveh y la otra la consumía el oferente. En el Sinaí tienen lugar los dos sacrificios. Con el holocausto se establecía, por una parte, la primacía de Dios sobre todo lo creado; con el sacrificio pacífico, por otra, se establecía la comunión que el hombre tenía con Dios por medio de la participación de la ofrenda. Conviene indicar que el rito de la sangre, que nos puede parecer extraño y causar repulsa, tiene un significado muy positivo. Los antiguos pensaban que en la sangre estaba la vida. Dar la sangre equivalía a dar la vida. Así, cuando la víctima es sacrificada -se ofrece la víctima a Dios-, Dios responde dando la vida. El sacrificio, implica ciertamente una oblación, una muerte, pero su contenido más profundo es dar la vida. El rito de la aspersión de la sangre significa, por tanto, la respuesta de Dios al sacrificio que se ha ofrecido y al compromiso del pueblo de observar los mandamientos: Dios responde comunicando la vida.

 La Nueva Alianza

La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos» , ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.

 La institución de la Alianza definitiva

En la Última Cena se anticipa sacramentalmente al sacrificio de Cristo en la cruz que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su «hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios. Esto nos recuerda un hermoso texto del famoso libro «Imitación de Cristo» de Tomas de Kempis: «La comunión aparta del mal y reafirma en el bien; si ahora que comulgo o celebro tus misterios con tanta frecuencia soy negligente y desanimado ¿qué pasaría si no recibiera este tónico y no acudiera a tan gran ayuda?».

 Una palabra del Santo Padre:

«El manjar eucarístico contie¬ne, como todos saben, «verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la san¬gre, junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo» (Trento, 13-1). No es, pues, de admirar que la Iglesia, ya desde sus principios, haya adorado el cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, como se ve por los mismos ritos del augusto sacrificio, en los cuales se manda a los ministros sagrados que, de rodillas, o con reverencias profundas, adoren al Santísimo Sacramento. Los sagrados concilios ense¬ñan que, por tradición, la Iglesia, des¬de sus comienzos, venera «con una sola adoración al Verbo de Dios encarnado y a su propia carne» (Constantinopla II y otros); y San Agustín afirma: «Nadie coma aquella carne sin antes adorarla», añadiendo que no sólo no pecamos adorándola, sino que pecamos no adorándola (Enarrat. in Psalm. 97,9).

De estos principios doctrinales nació el culto eucarístico de adoración, el cual poco a poco fue creciendo como cosa distinta del sacrificio. La conser¬vación de las sagradas especies para los enfermos y para cuantos estuviesen en peligro de muerte trajo consigo la lau¬dable costumbre de adorar este celes¬tial alimento reservado en los tem¬plos. Este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los de¬más en que no sólo engendra la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo autor de ella. Cuando, pues, la Iglesia nos manda adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos y pedirle los dones espirituales y tempo¬rales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su ín-tima familiaridad».
Pío XII. Encíclica Mediator Dei et hominum. 20 de noviembre de 1947.

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. ¿Cómo vivo mi relación con el Santísimo Sacramento?¿Me doy el tiempo para visitarlo a lo largo de la semana o me digo a mí mismo que no me alcanza el tiempo?

2. ¿Voy con mi familia a misa los domingos? ¿Soy ejemplo para ellos?¿Soy constante?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1356 – 1405.

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo B

«Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

(tomado de Meditación Dominical meditacion-dominical-subscribe@googlegroups.com)

Lectura de libro de Hechos de los Apóstoles 4, 8 - 12


«Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores, como todo lo que Yahveh vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahveh es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días la tierra que Yahveh tu Dios te da para siempre».

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 14 -17

«En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20

«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.»

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

¿Cómo es Dios? La Iglesia nos propone, para este domingo, la contemplación central de la fe: el misterio trinitario. Misterio que, sin duda, va más allá de nuestras fuerzas humanas, pero al que podemos acercarnos con humildad para ser iluminados y fortalecidos en nuestra vocación cristiana. La Primera Lectura del libro del Deuteronomio expone la revelación de Dios uno. No hay Dios fuera de él. Los ídolos de los pueblos circunvecinos son nada. Por eso, nada más grande que ser fiel a la alianza que ese Dios único ha pactado con su pueblo.

En la Segunda Lectura, San Pablo se detiene a considerar nuestra condición de Hijos de Dios, de modo que verdaderamente podemos llamar a Dios de Padre. Así, el Dios uno, se revela en su Palabra como misericordia, amor, benevolencia ante los hombres. Hemos recibido el Espíritu de Dios que nos hace realmente «hijos de Dios». Finalmente en el Santo Evangelio leemos las palabras de Jesucristo al despedirse definitivamente de sus discípulos. Éstos deberán bautizar en el nombre de la Trinidad y enseñar todo lo que Cristo, revelación del amor del Padre, les ha enseñado.
 «Yahveh es el único Dios...y no hay otro

El libro del Deuteronomio es el último libro del Pentateuco. Literalmente significa «segunda ley» y es dada en la parte central de este libro (ver Deut 12 - 25, 15). Constituye el llamado «Código deuteronomista» y está formado por un conjunto de leyes civiles y religiosas. El autor recuerda las grandes gestas de Israel y exhorta con vehemencia la fidelidad a Yahvé. El primer gran discurso de Moisés es un resumen de la historia de Israel desde su instancia en el Sinaí hasta su llegada al Jordán (1-3). El texto de este domingo insiste particularmente en la elección divina tomando como tema central el cuidado de Dios para con su pueblo. En retribución de la «tierra (prometida) que Yahveh tu Dios te da para siempre», Dios exige una fidelidad en «el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra» que se manifiesta en el guardar los preceptos y los mandamientos.

 El Bautismo

El Evangelio es el pasaje es el final de San Mateo. Los once apóstoles (ya Judas se había ahorcado. Ver Mt 27,5) se dirigen a un monte para recibir las últimas indicaciones del Señor. Unos «lo adoraron algunos, sin embargo (todavía) dudaron». Ciertamente fueron más de dos o tres del total de once. La verdad es que la Resurrección de Jesús se impuso a ellos después de muchas pruebas como leemos en el libro de los Hechos: «A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios»(Hch 1,3). Pero cuando se abren a la acción transformadora del Espíritu Santo son capaces dar la vida proclamando la Resurrección del Maestro.

Jesús se despide de sus apóstoles y les deja la misión hacer discípulos suyos «a todas las gentes». ¿Cómo se logra esto? Dos condiciones: el Bautismo y la enseñanza. Ambas condiciones son administradas por la Iglesia. Todo discípulo debe de recibir ambas cosas de la Iglesia. El Bautismo se administra «en el nombre», en singu¬lar; pero este nombre único se abre en un abanico de tres Perso¬nas, no de tres nombres. Es porque «el nombre» indica la sustancia de una cosa. Y en Dios ésta es única. La sustan¬cia divina es estrictamente una. Por eso los cris¬tianos somos estricta¬mente monoteís¬tas. Pero, siendo administrado el Bautismo en el nombre de la Santísima Trinidad, por él se adquie¬re una relación personal no sólo con Cristo - «haced discí¬pu¬los mios» -, sino con cada una de las tres Personas divinas. El bautizado es adoptado como hijo del Padre, como hermano de Cristo y coheredero con él, y como receptor del don del Espíritu Santo que crea la comunión entre el Padre y el Hijo y entre los hijos adoptivos de Dios. Puesto que todos los fieles, de entre todos los pueblos de la tierra, entran en la Igle¬sia por medio del Bautismo administrado en nombre de la Trinidad, por eso el Concilio Vaticano II, usando la antigua fórmula de San Cipriano, define a la Iglesia como «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (L.G. 4).

El Credo es la profesión de fe en la Santísima Trinidad y recibió su estructura trinitaria del mismo Jesucristo. El Credo tiene su origen en el mandato misionero de Jesús a los apóstoles que justamente son llamados de «apóstoles» ya que eso es lo que exactamente quiere decir la palabra en griego: «enviados». Sabemos que el bautismo, que ya existía antes de Cristo, significa «sumergir», es decir era un «baño ritual». Ya lo practicaba Juan el Bautista, como lo atestiguan los Evangelios. Jesús manda a sus apóstoles a hacer discípulos suyos bautizándolos; pero la originalidad del bautismo cristiano está en el hecho de que hay que hacerlo en el nombre de la Santísima Trinidad.

¿Esto exactamente que quiere decir? ¿Qué quiere decir el «bautizar en el nombre de...»? Recordemos que la primera profesión de fe es la que busca responder a la pregunta hecha por el mismo Jesucristo: «¿quién dicen que yo soy?» Pedro se adelanta y manifiesta «Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Veamos los pasajes de Hechos de los Apóstoles 2,37 - 38 y 8,36 -37, donde en ambos casos se bautiza «en el nombre de Jesucristo». Se trata, en estos casos, de ser «bañado» confesando la fe en Jesucristo.

Pero Jesús va más allá y nos revela su identidad dentro del misterio insondable de la vida íntima de Dios: «El Padre y yo somos uno...el que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 10, 30; 14,9). Por otro lado Jesús es reconocido como Hijo y enviado del Padre porque sobre Él reposa el Espíritu Santo; Él posee el Espíritu y lo comunica sin medida (Jn 2,33; 3,34). Por eso la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es la fe en Jesucristo, pero expresando el misterio Trinitario de su Persona en forma más explícita: Él es la Segunda Persona de la Trinidad.

 Hijos en el Hijo...

La carta a los Romanos es considerada una de las cuatro grandes epístolas de San Pablo (junto con las dos epístolas a los Corintios y la carta a los Gálatas). Fue escrita en el año 57, antes de la Pascua, en la ciudad de Corinto y se dirige a la comunidad cristiana de Roma, de la cual Pablo fue co- fundador con el apóstol San Pedro. San Pablo se dirige de manera especial a los judíos cristianos abordando el tema de la justificación que el Señor Jesús nos ha traído. Después de la advertencia que pone ante los romanos la alternativa de una muerte o una vida eterna , San Pablo describe las características esenciales de la vida cristiana. El Espíritu que habita en los fieles establece entre ellos y Dios una relación nueva, de manera tal, que somos verdaderamente hijos de Dios y Dios nos trata como tales. El Espíritu que recibimos por el Bautismo nos hace ser hijos en el Hijo y herederos del reino eterno; huyendo así del temor, del miedo, de la incertidumbre. Reconociendo nuestra nueva dignidad, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios.

 Una palabra del Santo Padre:

«En virtud de esta armonía en el ser y en el obrar tanto con sus palabras co¬mo con sus obras, Jesús revela al Padre: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 18). La «predilec¬ción» de que goza Cristo es proclamada en su bautismo, según la narración de los evangelios sinópticos (cf. Mc 1, 11 Mt 3, 17; Lc 3, 22). El evangelista san Juan la remonta a su raíz trinitaria, o sea, a la misteriosa existencia del Verbo «con» el Padre (cf. Jn 1, 1), que lo ha engendrado en la eternidad. Partiendo del Hijo, la reflexión del Nuevo Testamento, y después la teología enraizada en ella, han profundizado el misterio de la «paternidad» de Dios. El Padre es el que en la vida trinitaria constituye el principio absoluto, el que no tiene origen y del que brota la vida divina. La unidad de las tres personas es comunión de la única esencia divina, pero en el dinamismo de relaciones recí¬procas que tienen en el Padre su fuente y su fundamento. «El Padre es el que engendra; el Hijo, el que es engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede» (Concilio lateranense IV: Denzinger-¬Schonmetzer, 804).

De este misterio, que supera infini¬tamente nuestra inteligencia, el apóstol san Juan nos ofrece una clave, cuando proclama en la primera carta: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Este vértice de la re¬velación indica que Dios es ágape, o sea, don gratuito y total de sí, del que Cristo nos dio testimonio especialmente con su muerte en la cruz. En el sacrificio de Cristo, se revela el amor infinito del Pa¬dre al mundo (cf. Jn 3, 16; Rm 5, 8). La capacidad de amar infinitamente, entre¬gándose sin reservas y sin medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, él, antes aún de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina: Padre amante que engendra al Hijo amado y da origen con él al Espíri¬tu Santo, la Persona Amor, vínculo recíproco de comunión. Basándose en esto, la fe cristiana comprende la igualdad de las tres perso¬nas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios au¬tónomos, como si fueran tres dioses, si¬no en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de él y recí¬procamente sólo en la diversidad de las relaciones (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 254)».

Misterio sublime, misterio de amor, misterio inefable, frente al cual la pala¬bra debe ceder su lugar al silencio de la admiración y de la adoración. Misterio divino que nos interpela y conmueve, porque por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida trinitaria, a tra¬vés de la encarnación redentora del Ver¬bo y el don del Espíritu Santo: «Si algu¬no me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, cre¬yentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien con¬fiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo con¬verge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que su¬braya el Catecismo de la Iglesia católi¬ca: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259)».

Juan Pablo II. Catequesis del 10 marzo de 1999.

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. Decir que creo en un solo Dios puede parecer una pregunta inutíl, sin embargo muchas veces ponemos nuestra seguridad el «falsos diocesillos».¿Cuáles son mis «diocesillos»? ¿Tal vez sea ciertas supersticiones, horóscopos, etc? ¿Podrían ser tal vez el dinero, la fama, el consumismo, la seguridad material? ¿El poder, el placer egoísta?¿El «qué dirán» o el «quedar bien»?

2.¿Vivo de acuerdo a mi dignidad de hijo en el Hijo?¿Me respeto y respeto a mis hermanos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 232 – 260.

lunes, 18 de mayo de 2009

La Ascensión del Señor. Ciclo B

«Id por el mundo entero y proclamad la Buena Nueva a toda la creación »

(tomado de Meditación Dominical meditacion-dominical-subscribe@googlegroups.com)

Lectura de libro de Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11

«El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, «que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».

Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4,1-13

«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.

A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de los dones de Cristo. Por eso dice: subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. ¿Qué quiere decir «subió» sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo. El mismo «dio» a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 16, 15-20

«Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban».

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Este Domingo la Iglesia celebra la Ascensión del Señor Jesús a los Cielos. Pero ¿qué es la Ascensión? Vemos la definición del Catecismo de la Iglesia Católica: «“Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios»[1].

La Ascensión del Señor Jesús marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles. El Señor Resucitado ya no aparecerá más, sino que sube al Cielo para interceder por los hombres ante el Padre. Este hecho es narrado por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles subrayando el estupor y asombro de aquellos hombres. El Evangelio insiste, de modo particular, en la misión que Jesús confía a sus apóstoles: «Id y predicad». En la carta a los Efesios, Pablo subraya la necesidad de responder al llamado y al don particular que Dios hace a cada uno, dando así cumplimiento al Plan amoroso del Padre.

Subió a los Cielos

La Ascensión del Señor marca un punto divisorio entre el ministerio (servicio) de Jesús y el ministerio de la Iglesia, que constituye respectivamente el tema del primer y del segundo libro escrito por San Lucas. En ambos se propone demostrar que entre los dos ministerios hay una perfecta continuidad, porque ambos son conducidos por el Espíritu Santo. También es el misterio de la unión del Cielo y de la tierra ya que es como la bisagra que une ambos. Cristo ascendió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre; pero también está presente y vivo en la tierra por medio de la liturgia sacramental de la Iglesia. El estar «sentado a la derecha del Padre», que leemos en el Evangelio de san Marcos, nos remite al pasaje del Evangelio de San Juan: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13).

El hombre, herido por el pecado y viviendo en la ruptura no tiene acceso a la «Casa del Padre», a la comunión eterna, a la felicidad en Dios. Solamente Jesucristo ha podido abrir este acceso al hombre. Él «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino»[2]. En el Cielo, tenemos la absoluta certeza, que Cristo Glorioso intercede por nosotros que todavía estamos peregrinando en este mundo, ejerciendo así su sacerdocio y su mediación ante el Padre en el Espíritu Santo. «Sentarse a la derecha del Padre» significa gozar de la misma gloria y honra que el Padre, donde ahora, el que existía como Hijo consustancial al Padre, está corporalmente sentado después que se encarnó y que su carne fue glorificada. Es la inauguración del Reino que no tendrá fin[3] y ahora aguardamos expectantes la segunda venida del Hijo del hombre: «Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.» (Hch 1,11).

«Id por el mundo y anunciad el Evangelio…»

¿Qué es lo que Jesús habló con sus apóstoles antes de abandonar la escena del mundo para subir al cielo? Jesús les dejó una misión que cumplir: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación». Llama inmediatamente la atención la extensión de este mandato. Quiere ser claro y dejar dudas al respecto: se trata e ir a «todo el mundo» y anunciar a «toda la creación». Este mandato debió parecer a los humildes pescadores de Galilea una tarea muy superior a sus fuerzas y a sus medios. Parece ser algo humanamente imposible, por no decir nada de lo que significaría para un judío ir anunciar la salvación a un romano o a un griego.

¿Cómo pudieron cumplir esta misión? Lo dice el mismo texto: «El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que la acompañaban» (Mc 16,20). La evangelización, y en realidad todo apostolado, si bien es una obra de Dios, exige nuestra generosa y activa colaboración. «Anunciad el Evangelio...» ¿A qué Evangelio se refiere el texto? Evidentemente aquí no se trata de un libro escrito, cómo podríamos entender nosotros cuando hablamos de «Evangelio». Aquí «Evangelio» se entiende en su sentido etimológico: noticia que, cuando alguien la comprende y la cree, transforma su vida radicalmente y lo salva. Esta «noticia» es el contenido de los escritos que llamamos «Evangelio». Por eso Marcos inicia su obra con este encabezamiento: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios».

Para que todos seamos uno

San Pablo, en su cautiverio en Roma (entre el 61 y el 62 D.C.), escribe a los cristianos que no conocía personalmente, ya que esta carta no está dirigida solamente a los fieles de Éfeso sino a los de Laodicea[4] y a las distintas iglesias de Asia Menor ya que es posible que haya sido una carta circular. En su doctrina destaca el magnífico Plan de Dios que se lleva a cabo en Jesús y la unión de todos los redimidos. Cristo, que escogió a sus doce apóstoles como columnas de su Iglesia, nos convoca a cada uno «según la medida de Cristo», a una misma misión: la edificación de Cuerpo y la predicación de su Reino. Este reiterado llamado a la unidad del «Cuerpo en el Espíritu» no es sino trabajar incansablemente para cumplir lo que el Señor pide al Padre: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para todos sean uno. Como tu Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21).

La unidad tiene sus exigencias, sin las cuales no puede conservarse. En primer lugar la humildad, que vence la soberbia y el egoísmo, principio divisor que anida en lo más profundo del ser humano; la amabilidad, que crea y favorece la unión; y la paciencia frente a las faltas de caridad que, dada nuestra naturaleza humana inclinada al amor propio y la diversidad de caracteres, son prácticamente inevitables. La unidad es un don de Dios, pero requiere de nuestra activa colaboración. En Ef 4,4-6 Pablo menciona los fundamentos de la unidad en la Iglesia: un bautismo, un solo Señor, un solo Cuerpo Místico, un solo Espíritu y una sola esperanza. La mención de las tres personas divinas señala la unidad de la Trinidad como la fuente última de la unidad, dentro de la pluralidad, que tiene que reinar en la Iglesia.

Una palabra del Santo Padre:

«Jesucristo subió por encima de to­dos los cielos para llenarlo todo. Esta ple­nitud del mundo creado se realiza en vir­tud de la fuerza del Espíritu Santo. Esta obra tiene lugar en la historia terrena de los hombres y de las naciones: el Espíritu Santo plasma, de manera invisible pero real, lo que el Apóstol San Pablo llama el Cuerpo de Cristo, refiriéndose a él con los siguientes términos: « Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperan­za a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todo, por todos y en todos» (Ef 4, 4‑6).

De este modo, la Ascensión del Señor no es solamente una despedida; más bien es el inicio de una nueva presencia y de una nueva acción salvífica: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también traba­jo» (Jn 5, 17). Este obrar con la fuerza del Espíritu Santo, del Espíritu Paráclito que descendió en Pentecostés, da la fuer­za divina a la vida terrena de la humani­dad en la Iglesia visible. Con la fuerza del Espíritu Santo, Cristo glorificado a la derecha del Padre, el Señor de la Igle­sia, concede «a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos, en orden a las funciones del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 11‑12). Estos son los criterios esenciales de la constante vitalidad de la Iglesia. En estas palabras de la carta paulina, la Igle­sia de todos los tiempos y lugares debe encontrar su identidad más profunda…

El hombre, creado a imagen de Dios, está llamado a realizar en su vida tanto la dimensión activa del Creador como la del encuentro tranquilo, jubiloso y festivo con sus obras: «Vio Dios cuanto había he­cho, y todo estaba muy bien (...). Y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera» (Gn 1, 3 1; 2, 2). Podríamos decir que nuestro siglo se ha revelado portentoso en la primera dimensión, pero no muy aventajado en la segunda. En efecto, el progreso creado por la técnica se ha limi­tado casi exclusivamente a «dominar» la naturaleza y sus productos, pero no ha progresado de igual modo en el dominio que el hombre está llamado a ejercer so­bre su destino. Por el contrario, tiene lu­gar una pérdida acentuada de la concien­cia de sí mismo y de su dignidad».

Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de la Ascensión del Señor 1991.

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. Es todo el mundo que debemos de cambiar. ¿Cómo vivo esta tensión apostólica? ¿Hago apostolado respondiendo al «id por el mundo...»? ¿En qué situaciones concretas transmito la «buena noticia» que Jesús nos ha dejado?

2. «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará», leemos en el Evangelio de San Marcos. ¿Soy consciente de que solamente viviendo, de verdad, mi bautismo me voy a salvar? ¿Pienso que ya tengo el Cielo ganado olvidándome que también puedo condenarme?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 125-127. 659 - 667.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 659.

[2] Prefacio de la Ascensión del Señor, I ver también en Catecismo de la Iglesia Católica, 661.

[3] Ver la profecía de Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dn 7,14).

[4] Laodicea: ciudad importante de Asia menor en los comienzos del cristianismo. La última de las siete cartas del comienzo del Apocalipsis esta dirigida al «ángel» (obispo) de Laodicea a quien reprende por su tibieza ( Ap 3, 14 -22).