Mostrando entradas con la etiqueta fe catolica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fe catolica. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de octubre de 2010

SANTORAL: 16 DE OCTUBRE "SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE"


(1647-1690)
Nació en L`Hautecour, pequeña aldea de Verosvres, en Borgoña, Francia.

A los 8 años de edad, al perder a su padre, quien era caballero de la corte, Santa Margarita María fue internada en una pensión de monjas clarisas.

Dos años después le acometió una extraña enfermedad que la mantuvo paralítica mucho tiempo.
Sin embargo, cuando cumplió 14 años, un día amaneció completamente curada de manera milagrosa.

Margarita amó siempre la oración, el silencio y la soledad, pero a partir de entonces empezó a tener visiones, las cuales venían acompañadas de voces que ella oía y que la conminaron a consagrarse a una orden.

A los 24 años, en 1671, ingresó pues al convento de Paray-le-Monial, de la Orden de la Visitación fundada por San Francisco de Sales, donde adquirió también el nombre de María.

En 1673, al estar adorando el Santísimo Sacramento, fue la primera vez que Santa Margarita María de Alacoque tuvo una manifestación visible de Jesús, lo cual se repitió durante dos años los primeros viernes de cada mes.

En 1675, en su visión Jesús tenía el corazón abierto, y Él le dijo: “Éste es el corazón que tanto ha amado a los hombres… Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud.”

Estas apariciones fuera de lo común le trajeron al principio la incomprensión de sus superioras y las burlas de sus hermanas.
No obstante, ella reafirmó su apostolado del Sagrado Corazón, buscando que se estableciera una fecha para venerarlo.
No fue sino hasta años más tarde, encontrándose bajo la dirección espiritual del jesuita San Claudio de la Colombière, que éste confirmó la veracidad de las experiencias místicas.

Gracias a sus empeños, la devoción al Sagrado Corazón tuvo una difusión amplísima.
Santa Margarita María de Alacoque fue canonizada en 1920 por el papa Benedicto XV.

viernes, 15 de octubre de 2010

Laudes - viernes 15 de octubre de 2010

TIEMPO ORDINARIO

VIERNES DE LA SEMANA XXVIII

Del Común de vírgenes. Salterio IV

15 de Octubre



SANTA TERESA DE JESÚS, virgen y doctora de la Iglesia. MEMORIA

Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.



INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.



INVITATORIO

Ant. Venid, adoremos al Cordero, al Esposo acompañado por el cortejo de vírgenes.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Porque el Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses: tiene en su mano las simas de la tierra, son suyas las cumbres de los montes; suyo es el mar, porque él lo hizo, la tierra firme que modelaron sus manos. Venid, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras. Durante cuarenta años aquella generación me repugnó, y dije: Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino; por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén



Himno: VEISME AQUÍ, MI DULCE AMOR.

Veisme aquí, mi dulce Amor, Amor dulce, veisme aquí. ¿Qué mandáis hacer de mi? Veis aquí mi corazón. Yo le pongo en vuestra palma mi cuerpo, mi vida y alma, mis entrañas y afición; dulce Esposo y redención, pues por vuestra me ofrecí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Dadme muerte, dadme vida: dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí? Dadme riqueza o pobreza, dad consuelo o desconsuelo, dadme alegría o tristeza, dadme infierno o dadme cielo, vida, dulce, sol sin velo, pues del todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Si queréis, dadme oración, si no, dadme sequedad, si abundancia y devoción, y si no esterilidad, soberana Majestad, sólo hallo paz aquí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Si queréis que esté holgando, quiero por amor holgar, si me mandáis trabajar, morir quiero trabajando. Amén.



SALMODIA

Ant. 1. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con Espíritu firme.

Salmo 50 - CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el juicio brillará tu rectitud. Mira, que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. Líbrame de la sangre, ¡oh Dios, Dios, Salvador mío!, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con Espíritu firme.



Ant. 2. Alégrate, Jerusalén, porque en ti serán congregados todos los pueblos.

Cántico: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO - Tb 13, 10-15. 17-19

Anuncien todos los pueblos sus maravillas y alábenle sus elegidos en Jerusalén, la ciudad del Santo; por las obras de tus hijos te azotará, pero de nuevo se compadecerá de los hijos de los justos. Confiesa dignamente al Señor y bendice al Rey de los siglos, para que de nuevo sea en ti edificado su tabernáculo con alegría, para que alegre en ti a los cautivos y muestre en ti su amor hacia los desdichados, por todas las generaciones y generaciones. Brillarás cual luz de lámpara y todos los confines de la tierra vendrán a ti. Pueblos numerosos vendrán de lejos al nombre del Señor, nuestro Dios, trayendo ofrendas en sus manos, ofrendas para el rey del cielo. Las generaciones de las generaciones exultarán en ti. Y benditos para siempre todos los que te aman. Alégrate y salta de gozo por los hijos de los justos, que serán congregados, y al Señor de los justos bendecirán. Dichosos los que te aman; en tu paz se alegrarán. Dichosos cuantos se entristecieron por tus azotes, pues en ti se alegrarán contemplando toda tu gloria, y se regocijarán para siempre. Bendice, alma mía, a Dios, rey grande, porque Jerusalén con zafiros y esmeraldas será reedificada, con piedras preciosas sus muros y con oro puro sus torres y sus almenas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Alégrate, Jerusalén, porque en ti serán congregados todos los pueblos.



Ant. 3. Sión, alaba a tu Dios, que envía su mensaje a la tierra.

Salmo 147 - RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti; ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz; manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza; hace caer el hielo como migajas y con el frío congela las aguas; envía una orden, y se derriten; sopla su aliento, y corren. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Sión, alaba a tu Dios, que envía su mensaje a la tierra.



LECTURA BREVE Ct 8, 7

Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable.



RESPONSORIO BREVE

V. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro.

R. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro.

V. Tu rostro buscaré, Señor.

R. Buscad mi rostro.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro.



CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ésta es la virgen prudente que, unida a Cristo, resplandece como el sol en el reino celestial.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas: Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Ésta es la virgen prudente que, unida a Cristo, resplandece como el sol en el reino celestial.



PRECES

Glorifiquemos a Cristo, esposo y corona de las vírgenes, y supliquémosle, diciendo: Jesús, corona de las vírgenes, escúchanos.

Señor Jesucristo, a quien las vírgenes amaron como a su único esposo, concédenos que nada nos aparte de tu amor.

Tú que coronaste a María como reina de las vírgenes, por su intercesión concédenos recibirte siempre con pureza de corazón.

Por intercesión de las santas vírgenes que te sirvieron siempre con fidelidad, consagradas a ti en cuerpo y alma, ayúdanos, Señor, a que los bienes de este mundo que pasa no nos separen de tu amor eterno.

Señor Jesús, esposo que has de venir y a quien las vírgenes prudentes esperaban, concédenos que aguardemos tu retorno glorioso con una esperanza activa.

Por intercesión de santa Teresa de Jesús, que fue virgen sensata y una de las prudentes, concédenos, Señor, la verdadera sabiduría y la pureza de costumbres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Con sencillez y humildad digamos la oración que Jesús nos enseñó: Padre nuestro...



ORACIÓN

Señor todopoderoso, que quisiste que santa Teresa de Jesús, bajo el impulso del Espíritu Santo, manifestara a tu Iglesia el camino de la perfección, haz que encontremos en sus escritos nuestro alimento y que encendamos con ellos en nosotros el deseo de una verdadera santidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.



CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén. 

SANTORAL: 15 DE OCTUBRE "SANTA TERESA DE ÁVILA"(1515-1582)


SANTORAL: 15 DE OCTUBRE "SANTA TERESA DE ÁVILA"(1515-1582)

Nació en el seno de una familia noble de Ávila, España, en el contexto de la expansión española en el siglo XVI.

Santa Teresa de Ávila, conocida también como Santa Teresa de Jesús, vino al mundo con el nombre de Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada.
Fue la ...tercera de doce hijos; su padre era descendiente de judíos conversos, y su madre estaba emparentada con ilustres familias de Castilla.

Mientras que uno de sus hermanos se lanzó a la conquista de América a Nicaragua y luego a Perú, Santa Teresa dio muestras de santidad desde que era muy pequeña, igual que de una inteligencia fuera de lo común, como lo relata su confesor en su Vida de Santa Teresa de Jesús.

Profesó en 1534 en el convento de la Encarnación en Ávila, pero los primeros años padeció una misteriosa enfermedad que un tiempo la mantuvo paralítica.
Al parecer aquí comenzaron sus primeras experiencias místicas, aunque sus visiones del infierno y de Jesús Resucitado las tuvo hacia 1560.

Para esa época, las reglas de la Orden del Carmelo se habían relajado, ante lo cual Santa Teresa se dio a la tarea de reformarlas, para lo cual contó con la ayuda de San Juan de la Cruz, quien hizo lo propio con la rama masculina, separando a los Carmelitas descalzos de los calzados.

A pesar de la polémica y el alboroto que causó su reforma, los siguientes años Santa Teresa de Ávila fue realizando distintas fundaciones de nuevas casas para Descalzas.
Al mismo tiempo se fue convirtiendo en una prolífica escritora, cuyas obras han resistido perfectamente el paso del tiempo, como Las moradas, Castillo interior y Camino de perfección, además de su bellísima poesía.

En 1582, luego de haber fundado 17 conventos de Carmelitas Descalzas, cayó gravemente enferma en Alba de Tormes, cerca de Salamanca, donde finalmente falleció.
Muchos años después se confirmó que su cadáver permanecía incorrupto.
Santa Teresa de Ávila fue canonizada en 1622 por el papa Gregorio XV.
El papa Paulo VI la nombró Doctora de la Iglesia en 1970.
Santa Teresa es la santa patrona de los escritores.

Teresa de Jesús (de Ávila), Santa

Doctora de la Iglesia, Octubre 15

Autor: P. Angel Amo | Fuente: Catholic.net



Virgen CarmelitaDoctora de la Iglesia

Martirologio Romano: Memoria de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, que nacida en Ávila, ciudad de España, y agregada a la Orden de los Carmelitas, llegó a ser madre y maestra de una observancia más estrecha, y en su corazón concibió un plan de crecimiento espiritual bajo la forma de una ascensión por grados del alma hacia Dios, pero a causa de la reforma de su Orden hubo de sufrir dificultades, que superó con ánimo esforzado, y compuso libros en los que muestra una sólida doctrina y el fruto de su experiencia (1582).


Etimología: Teresa = Aquella que es experta en la caza, viene del griego



Nacida en Ávila el año 1515, Teresa de Cepeda y Ahumada emprendió a los cuarenta años la tarea de reformar la orden carmelitana según su regla primitiva, guiada por Dios por medio de coloquios místicos, y con la ayuda de San Juan de la Cruz (quien a su vez reformó la rama masculina de su Orden, separando a los Carmelitas descalzos de los calzados). Se trató de una misión casi inverosímil para una mujer de salud delicada como la suya: desde el monasterio de San José, fuera de las murallas de Avila, primer convento del Carmelo reformado por ella, partió, con la carga de los tesoros de su Castillo interior, en todas las direcciones de España y llevó a cabo numerosas fundaciones, suscitando también muchos resentimientos, hasta el punto que temporáneamente se le quitó el permiso de trazar otras reformas y de fundar nuevas cases.



Maestra de místicos y directora de conciencias, tuvo contactos epistolares hasta con el rey Felipe II de España y con los personajes más ilustres de su tiempo; pero como mujer práctica se ocupaba de las cosas mínimas del monasterio y nunca descuidaba la parte económica, porque, como ella misma decía: “Teresa, sin la gracia de Dios, es una pobre mujer; con la gracia de Dios, una fuerza; con la gracia de Dios y mucho dinero, una potencia”. Por petición del confesor, Teresa escribió la historia de su vida, un libro de confesiones entre los más sinceros e impresionantes. En la introducción hace esta observación: “Yo hubiera querido que, así como me han ordenado escribir mi modo de oración y las gracias que me ha concedido el Señor, me hubieran permitido también narrar detalladamente y con claridad mis grandes pecados. Es la historia de un alma que lucha apasionadamente por subir, sin lograrlo, al principio”. Por esto, desde el punto de vista humano, Teresa es una figura cercana, que se presenta como criatura de carne y hueso, todo lo contrario de la representación idealista y angélica de Bernini.



Desde la niñez había manifestado un temperamento exuberante (a los siete años se escapó de casa para buscar el martirio en Africa), y una contrastante tendencia a la vida mística y a la actividad práctica, organizativa. Dos veces se enfermó gravemente. Durante la enfermedad comenzó a vivir algunas experiencias místicas que transformaron profundamente su vida interior, dándole la percepción de la presencia de Dios y la experiencia de fenómenos místicos que ella describió más tarde en sus libros: “El camino de la perfección”, “Pensamientos sobre el amor de Dios” y “El castillo interior”.



Murió en Alba de Tormes en la noche del 14 de octubre de 1582, y en 1622 fue proclamada santa. El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia.

martes, 9 de junio de 2009

lunes, 8 de junio de 2009

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo B

«Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre»

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

«Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh”. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel.

Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”».

Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

«Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna.

Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida».

Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26

«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?” Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: "El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?" El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros”.

Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales (Primera Lectura). La nueva Alianza se sella también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador (Segunda Lectura). En la Última Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza; aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano (Evangelio).

 ¿Cuándo comenzó la fiesta del Corpus?

La fiesta del Corpus Christi se celebró por primera vez en la diócesis de Lieja, Bélgica (1246); y entró en el misal romano para la Iglesia universal en el mismo siglo XII, con el esquema litúrgico de Santo Tomás de Aquino. La causa inmediata que determinó a Urbano IV en 1246 establecer oficialmente esta fiesta fue un hecho extraordinario ocurrido en 1263 en Orvieto, Italia, cerca de Bolsena, donde se encontraba el Papa ocasionalmente. Sucedió que un sacerdote, con fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la eucaristía, mientras celebraba la Santa Misa, vio caer de la Hostia consagrada borbotones de sangre que tiñeron de rojo el corporal que actualmente se venera en la bellísima catedral de Orvieto que fue construida especialmente para este fin.

 La Alianza del Sinaí

El texto del Éxodo es particularmente importante porque formaliza de modo solemne la alianza entre Dios y su pueblo. En realidad, la historia de la alianza se confunde con la historia de la salvación. Esta alianza ya existía antes de que fuera consagrada en el Sinaí. Recordemos que ya había sido prometida a Noé después del diluvio: «Pero contigo estableceré mi alianza» (Ver Gen 6,18; 9,9-17), y había sido concertada con Abraham de manera solemne: «Aquel día firmó Yahveh una Alianza con Abraham» (Ver Gen 15,18; 17,2-21). Dios ya había obrado maravillas en favor del pueblo de Israel y lo había liberado de la esclavitud de Egipto. Sin embargo, es en el Sinaí donde el pueblo acepta la alianza y se compromete a obedecerla de modo solemne. El Señor lo conduce al desierto y lo lleva a la montaña para concluir su pacto. La iniciativa siempre es de Dios. Moisés, el mediador, hace lectura ante el pueblo de la ley (los mandamientos) que son el contenido de la alianza que el Señor establece con su pueblo. El pueblo, por su parte, se compromete a observar todo aquello que le manda el Señor.

Moisés se levanta temprano erige un altar con las doce piedras que simbolizan las doce tribus de Israel. Se ofrecen los sacrificios y se vierte la sangre de las víctimas sobre el altar y se rocía al pueblo. Conviene comprender bien el alcance de este rito. La inmolación de una víctima podía ser de dos formas: el holocausto, es decir, la víctima era totalmente consumida por el fuego; y el sacrificio pacífico o de comunión en el que la víctima sacrificada se dividía en dos, una se ofrecía a Yahveh y la otra la consumía el oferente. En el Sinaí tienen lugar los dos sacrificios. Con el holocausto se establecía, por una parte, la primacía de Dios sobre todo lo creado; con el sacrificio pacífico, por otra, se establecía la comunión que el hombre tenía con Dios por medio de la participación de la ofrenda. Conviene indicar que el rito de la sangre, que nos puede parecer extraño y causar repulsa, tiene un significado muy positivo. Los antiguos pensaban que en la sangre estaba la vida. Dar la sangre equivalía a dar la vida. Así, cuando la víctima es sacrificada -se ofrece la víctima a Dios-, Dios responde dando la vida. El sacrificio, implica ciertamente una oblación, una muerte, pero su contenido más profundo es dar la vida. El rito de la aspersión de la sangre significa, por tanto, la respuesta de Dios al sacrificio que se ha ofrecido y al compromiso del pueblo de observar los mandamientos: Dios responde comunicando la vida.

 La Nueva Alianza

La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos» , ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.

 La institución de la Alianza definitiva

En la Última Cena se anticipa sacramentalmente al sacrificio de Cristo en la cruz que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su «hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios. Esto nos recuerda un hermoso texto del famoso libro «Imitación de Cristo» de Tomas de Kempis: «La comunión aparta del mal y reafirma en el bien; si ahora que comulgo o celebro tus misterios con tanta frecuencia soy negligente y desanimado ¿qué pasaría si no recibiera este tónico y no acudiera a tan gran ayuda?».

 Una palabra del Santo Padre:

«El manjar eucarístico contie¬ne, como todos saben, «verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la san¬gre, junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo» (Trento, 13-1). No es, pues, de admirar que la Iglesia, ya desde sus principios, haya adorado el cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, como se ve por los mismos ritos del augusto sacrificio, en los cuales se manda a los ministros sagrados que, de rodillas, o con reverencias profundas, adoren al Santísimo Sacramento. Los sagrados concilios ense¬ñan que, por tradición, la Iglesia, des¬de sus comienzos, venera «con una sola adoración al Verbo de Dios encarnado y a su propia carne» (Constantinopla II y otros); y San Agustín afirma: «Nadie coma aquella carne sin antes adorarla», añadiendo que no sólo no pecamos adorándola, sino que pecamos no adorándola (Enarrat. in Psalm. 97,9).

De estos principios doctrinales nació el culto eucarístico de adoración, el cual poco a poco fue creciendo como cosa distinta del sacrificio. La conser¬vación de las sagradas especies para los enfermos y para cuantos estuviesen en peligro de muerte trajo consigo la lau¬dable costumbre de adorar este celes¬tial alimento reservado en los tem¬plos. Este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los de¬más en que no sólo engendra la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo autor de ella. Cuando, pues, la Iglesia nos manda adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos y pedirle los dones espirituales y tempo¬rales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su ín-tima familiaridad».
Pío XII. Encíclica Mediator Dei et hominum. 20 de noviembre de 1947.

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. ¿Cómo vivo mi relación con el Santísimo Sacramento?¿Me doy el tiempo para visitarlo a lo largo de la semana o me digo a mí mismo que no me alcanza el tiempo?

2. ¿Voy con mi familia a misa los domingos? ¿Soy ejemplo para ellos?¿Soy constante?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1356 – 1405.

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo B

«Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

(tomado de Meditación Dominical meditacion-dominical-subscribe@googlegroups.com)

Lectura de libro de Hechos de los Apóstoles 4, 8 - 12


«Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores, como todo lo que Yahveh vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahveh es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días la tierra que Yahveh tu Dios te da para siempre».

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 14 -17

«En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20

«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.»

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

¿Cómo es Dios? La Iglesia nos propone, para este domingo, la contemplación central de la fe: el misterio trinitario. Misterio que, sin duda, va más allá de nuestras fuerzas humanas, pero al que podemos acercarnos con humildad para ser iluminados y fortalecidos en nuestra vocación cristiana. La Primera Lectura del libro del Deuteronomio expone la revelación de Dios uno. No hay Dios fuera de él. Los ídolos de los pueblos circunvecinos son nada. Por eso, nada más grande que ser fiel a la alianza que ese Dios único ha pactado con su pueblo.

En la Segunda Lectura, San Pablo se detiene a considerar nuestra condición de Hijos de Dios, de modo que verdaderamente podemos llamar a Dios de Padre. Así, el Dios uno, se revela en su Palabra como misericordia, amor, benevolencia ante los hombres. Hemos recibido el Espíritu de Dios que nos hace realmente «hijos de Dios». Finalmente en el Santo Evangelio leemos las palabras de Jesucristo al despedirse definitivamente de sus discípulos. Éstos deberán bautizar en el nombre de la Trinidad y enseñar todo lo que Cristo, revelación del amor del Padre, les ha enseñado.
 «Yahveh es el único Dios...y no hay otro

El libro del Deuteronomio es el último libro del Pentateuco. Literalmente significa «segunda ley» y es dada en la parte central de este libro (ver Deut 12 - 25, 15). Constituye el llamado «Código deuteronomista» y está formado por un conjunto de leyes civiles y religiosas. El autor recuerda las grandes gestas de Israel y exhorta con vehemencia la fidelidad a Yahvé. El primer gran discurso de Moisés es un resumen de la historia de Israel desde su instancia en el Sinaí hasta su llegada al Jordán (1-3). El texto de este domingo insiste particularmente en la elección divina tomando como tema central el cuidado de Dios para con su pueblo. En retribución de la «tierra (prometida) que Yahveh tu Dios te da para siempre», Dios exige una fidelidad en «el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra» que se manifiesta en el guardar los preceptos y los mandamientos.

 El Bautismo

El Evangelio es el pasaje es el final de San Mateo. Los once apóstoles (ya Judas se había ahorcado. Ver Mt 27,5) se dirigen a un monte para recibir las últimas indicaciones del Señor. Unos «lo adoraron algunos, sin embargo (todavía) dudaron». Ciertamente fueron más de dos o tres del total de once. La verdad es que la Resurrección de Jesús se impuso a ellos después de muchas pruebas como leemos en el libro de los Hechos: «A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios»(Hch 1,3). Pero cuando se abren a la acción transformadora del Espíritu Santo son capaces dar la vida proclamando la Resurrección del Maestro.

Jesús se despide de sus apóstoles y les deja la misión hacer discípulos suyos «a todas las gentes». ¿Cómo se logra esto? Dos condiciones: el Bautismo y la enseñanza. Ambas condiciones son administradas por la Iglesia. Todo discípulo debe de recibir ambas cosas de la Iglesia. El Bautismo se administra «en el nombre», en singu¬lar; pero este nombre único se abre en un abanico de tres Perso¬nas, no de tres nombres. Es porque «el nombre» indica la sustancia de una cosa. Y en Dios ésta es única. La sustan¬cia divina es estrictamente una. Por eso los cris¬tianos somos estricta¬mente monoteís¬tas. Pero, siendo administrado el Bautismo en el nombre de la Santísima Trinidad, por él se adquie¬re una relación personal no sólo con Cristo - «haced discí¬pu¬los mios» -, sino con cada una de las tres Personas divinas. El bautizado es adoptado como hijo del Padre, como hermano de Cristo y coheredero con él, y como receptor del don del Espíritu Santo que crea la comunión entre el Padre y el Hijo y entre los hijos adoptivos de Dios. Puesto que todos los fieles, de entre todos los pueblos de la tierra, entran en la Igle¬sia por medio del Bautismo administrado en nombre de la Trinidad, por eso el Concilio Vaticano II, usando la antigua fórmula de San Cipriano, define a la Iglesia como «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (L.G. 4).

El Credo es la profesión de fe en la Santísima Trinidad y recibió su estructura trinitaria del mismo Jesucristo. El Credo tiene su origen en el mandato misionero de Jesús a los apóstoles que justamente son llamados de «apóstoles» ya que eso es lo que exactamente quiere decir la palabra en griego: «enviados». Sabemos que el bautismo, que ya existía antes de Cristo, significa «sumergir», es decir era un «baño ritual». Ya lo practicaba Juan el Bautista, como lo atestiguan los Evangelios. Jesús manda a sus apóstoles a hacer discípulos suyos bautizándolos; pero la originalidad del bautismo cristiano está en el hecho de que hay que hacerlo en el nombre de la Santísima Trinidad.

¿Esto exactamente que quiere decir? ¿Qué quiere decir el «bautizar en el nombre de...»? Recordemos que la primera profesión de fe es la que busca responder a la pregunta hecha por el mismo Jesucristo: «¿quién dicen que yo soy?» Pedro se adelanta y manifiesta «Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Veamos los pasajes de Hechos de los Apóstoles 2,37 - 38 y 8,36 -37, donde en ambos casos se bautiza «en el nombre de Jesucristo». Se trata, en estos casos, de ser «bañado» confesando la fe en Jesucristo.

Pero Jesús va más allá y nos revela su identidad dentro del misterio insondable de la vida íntima de Dios: «El Padre y yo somos uno...el que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 10, 30; 14,9). Por otro lado Jesús es reconocido como Hijo y enviado del Padre porque sobre Él reposa el Espíritu Santo; Él posee el Espíritu y lo comunica sin medida (Jn 2,33; 3,34). Por eso la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es la fe en Jesucristo, pero expresando el misterio Trinitario de su Persona en forma más explícita: Él es la Segunda Persona de la Trinidad.

 Hijos en el Hijo...

La carta a los Romanos es considerada una de las cuatro grandes epístolas de San Pablo (junto con las dos epístolas a los Corintios y la carta a los Gálatas). Fue escrita en el año 57, antes de la Pascua, en la ciudad de Corinto y se dirige a la comunidad cristiana de Roma, de la cual Pablo fue co- fundador con el apóstol San Pedro. San Pablo se dirige de manera especial a los judíos cristianos abordando el tema de la justificación que el Señor Jesús nos ha traído. Después de la advertencia que pone ante los romanos la alternativa de una muerte o una vida eterna , San Pablo describe las características esenciales de la vida cristiana. El Espíritu que habita en los fieles establece entre ellos y Dios una relación nueva, de manera tal, que somos verdaderamente hijos de Dios y Dios nos trata como tales. El Espíritu que recibimos por el Bautismo nos hace ser hijos en el Hijo y herederos del reino eterno; huyendo así del temor, del miedo, de la incertidumbre. Reconociendo nuestra nueva dignidad, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios.

 Una palabra del Santo Padre:

«En virtud de esta armonía en el ser y en el obrar tanto con sus palabras co¬mo con sus obras, Jesús revela al Padre: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 18). La «predilec¬ción» de que goza Cristo es proclamada en su bautismo, según la narración de los evangelios sinópticos (cf. Mc 1, 11 Mt 3, 17; Lc 3, 22). El evangelista san Juan la remonta a su raíz trinitaria, o sea, a la misteriosa existencia del Verbo «con» el Padre (cf. Jn 1, 1), que lo ha engendrado en la eternidad. Partiendo del Hijo, la reflexión del Nuevo Testamento, y después la teología enraizada en ella, han profundizado el misterio de la «paternidad» de Dios. El Padre es el que en la vida trinitaria constituye el principio absoluto, el que no tiene origen y del que brota la vida divina. La unidad de las tres personas es comunión de la única esencia divina, pero en el dinamismo de relaciones recí¬procas que tienen en el Padre su fuente y su fundamento. «El Padre es el que engendra; el Hijo, el que es engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede» (Concilio lateranense IV: Denzinger-¬Schonmetzer, 804).

De este misterio, que supera infini¬tamente nuestra inteligencia, el apóstol san Juan nos ofrece una clave, cuando proclama en la primera carta: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Este vértice de la re¬velación indica que Dios es ágape, o sea, don gratuito y total de sí, del que Cristo nos dio testimonio especialmente con su muerte en la cruz. En el sacrificio de Cristo, se revela el amor infinito del Pa¬dre al mundo (cf. Jn 3, 16; Rm 5, 8). La capacidad de amar infinitamente, entre¬gándose sin reservas y sin medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, él, antes aún de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina: Padre amante que engendra al Hijo amado y da origen con él al Espíri¬tu Santo, la Persona Amor, vínculo recíproco de comunión. Basándose en esto, la fe cristiana comprende la igualdad de las tres perso¬nas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios au¬tónomos, como si fueran tres dioses, si¬no en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de él y recí¬procamente sólo en la diversidad de las relaciones (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 254)».

Misterio sublime, misterio de amor, misterio inefable, frente al cual la pala¬bra debe ceder su lugar al silencio de la admiración y de la adoración. Misterio divino que nos interpela y conmueve, porque por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida trinitaria, a tra¬vés de la encarnación redentora del Ver¬bo y el don del Espíritu Santo: «Si algu¬no me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, cre¬yentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien con¬fiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo con¬verge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que su¬braya el Catecismo de la Iglesia católi¬ca: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259)».

Juan Pablo II. Catequesis del 10 marzo de 1999.

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. Decir que creo en un solo Dios puede parecer una pregunta inutíl, sin embargo muchas veces ponemos nuestra seguridad el «falsos diocesillos».¿Cuáles son mis «diocesillos»? ¿Tal vez sea ciertas supersticiones, horóscopos, etc? ¿Podrían ser tal vez el dinero, la fama, el consumismo, la seguridad material? ¿El poder, el placer egoísta?¿El «qué dirán» o el «quedar bien»?

2.¿Vivo de acuerdo a mi dignidad de hijo en el Hijo?¿Me respeto y respeto a mis hermanos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 232 – 260.

lunes, 18 de mayo de 2009

La Ascensión del Señor. Ciclo B

«Id por el mundo entero y proclamad la Buena Nueva a toda la creación »

(tomado de Meditación Dominical meditacion-dominical-subscribe@googlegroups.com)

Lectura de libro de Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11

«El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, «que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».

Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4,1-13

«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.

A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de los dones de Cristo. Por eso dice: subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. ¿Qué quiere decir «subió» sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo. El mismo «dio» a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 16, 15-20

«Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban».

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Este Domingo la Iglesia celebra la Ascensión del Señor Jesús a los Cielos. Pero ¿qué es la Ascensión? Vemos la definición del Catecismo de la Iglesia Católica: «“Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios»[1].

La Ascensión del Señor Jesús marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles. El Señor Resucitado ya no aparecerá más, sino que sube al Cielo para interceder por los hombres ante el Padre. Este hecho es narrado por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles subrayando el estupor y asombro de aquellos hombres. El Evangelio insiste, de modo particular, en la misión que Jesús confía a sus apóstoles: «Id y predicad». En la carta a los Efesios, Pablo subraya la necesidad de responder al llamado y al don particular que Dios hace a cada uno, dando así cumplimiento al Plan amoroso del Padre.

Subió a los Cielos

La Ascensión del Señor marca un punto divisorio entre el ministerio (servicio) de Jesús y el ministerio de la Iglesia, que constituye respectivamente el tema del primer y del segundo libro escrito por San Lucas. En ambos se propone demostrar que entre los dos ministerios hay una perfecta continuidad, porque ambos son conducidos por el Espíritu Santo. También es el misterio de la unión del Cielo y de la tierra ya que es como la bisagra que une ambos. Cristo ascendió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre; pero también está presente y vivo en la tierra por medio de la liturgia sacramental de la Iglesia. El estar «sentado a la derecha del Padre», que leemos en el Evangelio de san Marcos, nos remite al pasaje del Evangelio de San Juan: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13).

El hombre, herido por el pecado y viviendo en la ruptura no tiene acceso a la «Casa del Padre», a la comunión eterna, a la felicidad en Dios. Solamente Jesucristo ha podido abrir este acceso al hombre. Él «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino»[2]. En el Cielo, tenemos la absoluta certeza, que Cristo Glorioso intercede por nosotros que todavía estamos peregrinando en este mundo, ejerciendo así su sacerdocio y su mediación ante el Padre en el Espíritu Santo. «Sentarse a la derecha del Padre» significa gozar de la misma gloria y honra que el Padre, donde ahora, el que existía como Hijo consustancial al Padre, está corporalmente sentado después que se encarnó y que su carne fue glorificada. Es la inauguración del Reino que no tendrá fin[3] y ahora aguardamos expectantes la segunda venida del Hijo del hombre: «Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.» (Hch 1,11).

«Id por el mundo y anunciad el Evangelio…»

¿Qué es lo que Jesús habló con sus apóstoles antes de abandonar la escena del mundo para subir al cielo? Jesús les dejó una misión que cumplir: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación». Llama inmediatamente la atención la extensión de este mandato. Quiere ser claro y dejar dudas al respecto: se trata e ir a «todo el mundo» y anunciar a «toda la creación». Este mandato debió parecer a los humildes pescadores de Galilea una tarea muy superior a sus fuerzas y a sus medios. Parece ser algo humanamente imposible, por no decir nada de lo que significaría para un judío ir anunciar la salvación a un romano o a un griego.

¿Cómo pudieron cumplir esta misión? Lo dice el mismo texto: «El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que la acompañaban» (Mc 16,20). La evangelización, y en realidad todo apostolado, si bien es una obra de Dios, exige nuestra generosa y activa colaboración. «Anunciad el Evangelio...» ¿A qué Evangelio se refiere el texto? Evidentemente aquí no se trata de un libro escrito, cómo podríamos entender nosotros cuando hablamos de «Evangelio». Aquí «Evangelio» se entiende en su sentido etimológico: noticia que, cuando alguien la comprende y la cree, transforma su vida radicalmente y lo salva. Esta «noticia» es el contenido de los escritos que llamamos «Evangelio». Por eso Marcos inicia su obra con este encabezamiento: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios».

Para que todos seamos uno

San Pablo, en su cautiverio en Roma (entre el 61 y el 62 D.C.), escribe a los cristianos que no conocía personalmente, ya que esta carta no está dirigida solamente a los fieles de Éfeso sino a los de Laodicea[4] y a las distintas iglesias de Asia Menor ya que es posible que haya sido una carta circular. En su doctrina destaca el magnífico Plan de Dios que se lleva a cabo en Jesús y la unión de todos los redimidos. Cristo, que escogió a sus doce apóstoles como columnas de su Iglesia, nos convoca a cada uno «según la medida de Cristo», a una misma misión: la edificación de Cuerpo y la predicación de su Reino. Este reiterado llamado a la unidad del «Cuerpo en el Espíritu» no es sino trabajar incansablemente para cumplir lo que el Señor pide al Padre: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para todos sean uno. Como tu Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21).

La unidad tiene sus exigencias, sin las cuales no puede conservarse. En primer lugar la humildad, que vence la soberbia y el egoísmo, principio divisor que anida en lo más profundo del ser humano; la amabilidad, que crea y favorece la unión; y la paciencia frente a las faltas de caridad que, dada nuestra naturaleza humana inclinada al amor propio y la diversidad de caracteres, son prácticamente inevitables. La unidad es un don de Dios, pero requiere de nuestra activa colaboración. En Ef 4,4-6 Pablo menciona los fundamentos de la unidad en la Iglesia: un bautismo, un solo Señor, un solo Cuerpo Místico, un solo Espíritu y una sola esperanza. La mención de las tres personas divinas señala la unidad de la Trinidad como la fuente última de la unidad, dentro de la pluralidad, que tiene que reinar en la Iglesia.

Una palabra del Santo Padre:

«Jesucristo subió por encima de to­dos los cielos para llenarlo todo. Esta ple­nitud del mundo creado se realiza en vir­tud de la fuerza del Espíritu Santo. Esta obra tiene lugar en la historia terrena de los hombres y de las naciones: el Espíritu Santo plasma, de manera invisible pero real, lo que el Apóstol San Pablo llama el Cuerpo de Cristo, refiriéndose a él con los siguientes términos: « Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperan­za a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todo, por todos y en todos» (Ef 4, 4‑6).

De este modo, la Ascensión del Señor no es solamente una despedida; más bien es el inicio de una nueva presencia y de una nueva acción salvífica: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también traba­jo» (Jn 5, 17). Este obrar con la fuerza del Espíritu Santo, del Espíritu Paráclito que descendió en Pentecostés, da la fuer­za divina a la vida terrena de la humani­dad en la Iglesia visible. Con la fuerza del Espíritu Santo, Cristo glorificado a la derecha del Padre, el Señor de la Igle­sia, concede «a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos, en orden a las funciones del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 11‑12). Estos son los criterios esenciales de la constante vitalidad de la Iglesia. En estas palabras de la carta paulina, la Igle­sia de todos los tiempos y lugares debe encontrar su identidad más profunda…

El hombre, creado a imagen de Dios, está llamado a realizar en su vida tanto la dimensión activa del Creador como la del encuentro tranquilo, jubiloso y festivo con sus obras: «Vio Dios cuanto había he­cho, y todo estaba muy bien (...). Y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera» (Gn 1, 3 1; 2, 2). Podríamos decir que nuestro siglo se ha revelado portentoso en la primera dimensión, pero no muy aventajado en la segunda. En efecto, el progreso creado por la técnica se ha limi­tado casi exclusivamente a «dominar» la naturaleza y sus productos, pero no ha progresado de igual modo en el dominio que el hombre está llamado a ejercer so­bre su destino. Por el contrario, tiene lu­gar una pérdida acentuada de la concien­cia de sí mismo y de su dignidad».

Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de la Ascensión del Señor 1991.

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. Es todo el mundo que debemos de cambiar. ¿Cómo vivo esta tensión apostólica? ¿Hago apostolado respondiendo al «id por el mundo...»? ¿En qué situaciones concretas transmito la «buena noticia» que Jesús nos ha dejado?

2. «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará», leemos en el Evangelio de San Marcos. ¿Soy consciente de que solamente viviendo, de verdad, mi bautismo me voy a salvar? ¿Pienso que ya tengo el Cielo ganado olvidándome que también puedo condenarme?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 125-127. 659 - 667.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 659.

[2] Prefacio de la Ascensión del Señor, I ver también en Catecismo de la Iglesia Católica, 661.

[3] Ver la profecía de Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dn 7,14).

[4] Laodicea: ciudad importante de Asia menor en los comienzos del cristianismo. La última de las siete cartas del comienzo del Apocalipsis esta dirigida al «ángel» (obispo) de Laodicea a quien reprende por su tibieza ( Ap 3, 14 -22).

miércoles, 13 de mayo de 2009

Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo B

«Yo soy la vid; vosotros los sarmientos»

(tomado de Meditación Dominical meditacion-dominical-subscribe@googlegroups.com)

Lectura de libro de Hechos de los Apóstoles 9, 26 - 31

«Llegó a Jerusalén e intentaba juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé le tomó y le presentó a los apóstoles y les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús.

Andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba también y discutía con los helenistas; pero éstos intentaban matarle. Los hermanos, al saberlo, le llevaron a Cesarea y le hicieron marchar a Tarso. Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo».

Lectura de la primera carta de San Juan 3, 18-24

«Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo.

Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios, y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 15,1-8

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.

El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Todas las lecturas de este quinto domingo de Pascua nos hablan de la necesidad de estar unidos a Jesucristo, Muerto y Resucitado para producir los frutos buenos que el Padre espera de nosotros. La Primera Lectura nos muestra a San Pablo que narra su conversión a los apóstoles y sus predicaciones en Damasco. Su anhelo es el de predicar sin descanso a Cristo a pesar de las amenazas de muerte de los hebreos de lengua griega. En la Segunda Lectura, San Juan continúa su exposición sobre las verdaderas exigencias del amor. No se ama solamente con bellas palabras o discursos altisonantes, como pretendían la secta de los «gnósticos»[1], sino en obras concretas de amor. No se puede separar la fe de la vida cotidiana. La bella parábola de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo podremos dar frutos de caridad, si permanecemos unidos a la vid verdadera, Cristo el Señor.

De Saulo a Pablo

Leemos en el inicio del capítulo 9 del libro de los Hechos de los Apóstoles: «Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén». Este mismo Saulo[2], después de haber sido tocado por el Señor, va intentar juntarse con los discípulos de Jesús. Es por ello comprensible el miedo y la desconfianza que inspiraba.

Tres años después de su conversión, Saulo va por primera vez a Jerusalén. Bernabé[3], generoso y noble chipriota que ha vendido su campo para poner el importe a los pies de los apóstoles (ver Hc 4, 36-37), fue el instrumento providencial para introducir a Saulo en la Iglesia de Jerusalén, así como en Antioquia y luego en el mundo de los gentiles. Bernabé narra como Saulo había predicado «valientemente en el nombre del Señor». Esta reveladora frase nos habla del fervor, la valentía y la convicción que va a caracterizar todo el ministerio apostólico de San Pablo. A los romanos, Pablo les dirá que no se avergüenza del Evangelio porque es «fuerza de Dios». Esta vehemencia le costará ser perseguido hasta poner su vida en peligro por el Señor. De perseguidor a perseguido...de Saulo a Pablo.

«No amemos de palabra, ni de boca...»

La Primera Carta del apóstol San Juan pone de relieve, de modo contundente, que no se puede amar sólo de palabra, sino con obras y según la verdad. «Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?»(1Jn 3,17).Jesucristo ha vivido de manera plena el amor dando su vida por nosotros; así también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1Jn 3,16). ¿Cómo podemos dar la vida por los demás? Lógicamente no todos pueden dar la vida mediante el martirio[4]; sin embargo todos podemos dar la vida por nuestros hermanos de muchas formas concretas; ya sea mediante el servicio constante, la paciencia, el velar por el otro, etc. El hecho de actuar movidos por este criterio es signo evidente de que somos «de la verdad».

Un principio tranquilizador de nuestra conciencia lo encontraremos solamente en Dios. Él lo conoce todo y es infinitamente comprensivo con las dificultades que debemos superar para poder «guardar los mandamientos y hacer lo que le agrada». Él se halla muy por encima de nuestras pequeñeces y se alegra con nuestra conversión que, gracias a su Hijo, es fuente de verdadera paz (Rom 5,1).


«Yo soy la vid verdadera...»

Si cualquier persona, por famosa que sea, dijera: «Separados de mí no podéis hacer nada», lo consideraríamos una pretensión intolerable. Pero lo dijo Jesús y en la historia ha habido multitud de hombres y mujeres que lejos de conside­rarla una pretensión, están convencidos de su veracidad. El Evangelio de hoy es una de las páginas cumbres del Evangelio. «Yo soy la vid verdadera». Es una frase por la cual Jesús define su identidad. En primer lugar nos llama la atención el adjetivo: «verdadera». ¿Es que hay una «falsa» vid con la cual Jesús quiere establecer el contraste? No exactamente. El adjetivo «verdade­ro» se usa en el Evangelio de Juan para cualificar una realidad que ha sido preanunciada en el Antiguo Testa­mento por medio de una figura y que aquí tiene su realiza­ción plena. Ese adjetivo establece una oposición entre anuncio y cumplimiento. Es, entonces, necesario buscar en el Antiguo Testamento un lugar en que aparezca la vid como imagen, pues a ella se refiere Jesús. La afirmación de Jesús quiere decir que aquí ha alcanzado la verdad lo que allá no era más que una sombra. Aquí ha sido revelado lo que allá era un anuncio.

El lugar que buscamos lo encon­tramos en el capítu­lo V de Isaías. Allí Isaías refiere la canción de amor de un propie­ta­rio por su viña; destaca la solicitud con que la cultiva y cuida; pero también su pesar al obtener de ella solamen­te frutos amargos. Entonces concluye: «Viña del Señor, Dios de los ejércitos, es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito. Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos» (Is 5,7). La frustra­ción de Dios por la conducta de su pueblo se ve completamen­te reparada por la fidelidad de Jesús. Todo lo que Dios esperaba de su viña, lo obtiene con plena satis­facción de Jesucristo. Esto es lo que quiere decir Jesús cuando declara: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador». Si en la canción de la viña de Isaías, el dueño «esperaba que diese uvas» (Is 5,2), esta esperanza se ve satisfecha en Jesús. En él Dios encuen­tra frutos abundan­tes y delicio­sos; en él Dios se complace.

«Vosotros sois los sarmientos…»

Pero, en seguida, Jesús se extiende a nuestra relación con él diciendo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmien­tos». Enseña así que también nosotros podemos participar de su condición de vid verdadera; que podemos ser parte de la misma vid cuyo viñador es el Padre; y que también nosotros podemos dar frutos que satisfagan al Padre. Pero esto sólo a condición de permanecer unidos a Cristo. Lo dice él de manera categórica: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada». La unión con Cristo nos permite realizar un tipo de obras que tienen significado ante Dios. Incluso podemos así dar gloria a Dios: «La gloria de mi Padre está en que deis fruto, y que seáis mis discípu­los». Esos frutos que dan gloria a Dios no los podemos dar nosotros sin Cristo, pues separados de él somos como los sarmientos separados de la vid.

¿A qué se refiere Jesús cuando habla de «frutos»? Eso queda claro más adelante cuando dice: «Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn 15,17). Es lo mismo que decir: «Lo que os mando es que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca» (ver Jn 15,16). El único fruto que Dios espera de nosotros es el amor; pero a menudo obtiene sólo uvas amargas, que son nuestro egoísmo. De lo enseñado por Jesús se deduce que el hombre no puede poner un acto de amor verdadero, sin estar unido a Cristo, pues el amor es un acto sobrenatural que nos es dado.

San Pablo expone esta misma enseñanza de manera incisiva en el famoso himno al amor cristiano: «Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los miste­rios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada soy» (1Cr 13,2). Si el hombre no tiene amor, no tiene entidad ante Dios. Esto es lo que dice Jesús: «Sin mí no podéis poner un acto de amor, sin mí no podéis hacer nada, sin mí no sois nada». Empeza­mos a existir ante Dios cuando nos injertamos en Cristo y gozamos de su misma vida divina. Y esto sucede por primera vez en nuestro bautismo.

Una palabra del Santo Padre:

«Todo cristiano debe confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia, esforzándose por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando es exigente y humanamente difícil de comprender. No debemos caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación.

En efecto, Jesucristo dice: "Si me amáis...". La fe no significa sólo aceptar cierto número de verdades abstractas sobre los misterios de Dios, del hombre, de la vida y de la muerte, de las realidades futuras. La fe consiste en una relación íntima con Cristo, una relación basada en el amor de Aquel que nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 11) hasta la entrega total de sí mismo. "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8). ¿Qué otra respuesta podemos dar a un amor tan grande sino un corazón abierto y dispuesto a amar? Pero, ¿qué quiere decir amar a Cristo? Quiere decir fiarse de él, incluso en la hora de la prueba, seguirlo fielmente incluso en el camino de la cruz, con la esperanza de que pronto llegará la mañana de la resurrección.

Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo. En sus manos nuestra vida adquiere su verdadero sentido. El amor a Cristo lo debemos expresar con la voluntad de sintonizar nuestra vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón. Esto se logra mediante la unión interior, basada en la gracia de los sacramentos, reforzada con la oración continua, la alabanza, la acción de gracias y la penitencia. No puede faltar una atenta escucha de las inspiraciones que él suscita a través de su palabra, a través de las personas con las que nos encontramos, a través de las situaciones de la vida diaria. Amarlo significa permanecer en diálogo con él, para conocer su voluntad y realizarla diligentemente...

Queridos hermanos y hermanas, la fe en cuanto adhesión a Cristo se manifiesta como amor que impulsa a promover el bien que el Creador ha inscrito en la naturaleza de cada uno de nosotros, en la personalidad de todo ser humano y en todo lo que existe en el mundo. Quien cree y ama se convierte de este modo en constructor de la verdadera "civilización del amor", de la que Cristo es el centro».

Benedicto XVI. Homilía en la Plaza Pilsudski. Varsovia viernes 26 de Mayo de 2006

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Si nuestro corazón nos amonesta porque no hemos vivido la caridad, es inútil que nos desalentemos atrapados por los remordimientos. Busquemos, con sincero arrepentimiento, al Médico Bueno para que cure nuestras heridas y acojamos el don de la reconciliación que se nos ofrece en cada confesión.

2. Decía la Beata Madre Teresa de Calcuta: «El servicio más grande que podéis hacer a alguien es conducirlo para que conozca a Jesús, para que lo escuche y lo siga, porque sólo Jesús puede satisfacer la sed de felicidad del corazón humano, para la que hemos sido creados» ¿Cómo puedo vivir esta realidad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 736, 755, 787, 1988, 2074.



[1] Gnosticismo: en griego «conocimiento». Grupo que nace antes del cristianismo con elementos de diversas culturas antiguas. Adquiere fuerza en el mundo judío desde el siglo I a.C. hasta el IV d.C. es dualista; el espíritu ha de ser liberado de la cárcel del cuerpo por medio del conocimiento en diversas etapas.

[2] Un detalle interesante es que durante la predicación en Chipre con Bernabé (ver Hch 13,9) será llamado primera vez Pablo en vez de Saulo.

[3] Bernabé (en arameo, hijo de la exhortación). Nombre que los apóstoles dieron a José, levita de Chipre. Su generosidad era notoria en la iglesia primitiva de Jerusalén (Hch 4.36s) en contraste con el egoísmo de Ananías y de Safira (Hch 5.1ss). Primo hermano de Juan Marcos (Col 4.10) y, según Clemente de Alejandría, uno de los setenta discípulos de Jesucristo. Era «varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe» (Hch 11.24). Lucas y Pablo lo llamaron Apóstol (Hch 14.4, 14; 1 Co 9.6), y en varias ocasiones demostró poseer un espíritu de comprensión y discernimiento. Fue Bernabé el que convenció a los apóstoles de la conversión y sinceridad de Pablo (Hch 9.27). Más tarde lo enviaron a investigar la nueva obra entre los gentiles de Antioquía, donde otros chipriotas eran prominentes (Hch 11.19ss). Al reconocer que esta era obra de Dios y que allí había mucha oportunidad para el ministerio de Pablo, fue a Tarso y lo trajo consigo a Antioquía, donde predicaron juntos (11.25s). Con Pablo, Bernabé llevó la ayuda para los hermanos necesitados de Judea (11.29, 30). De nuevo en Antioquía, a Bernabé y Pablo, contados entre los profetas y maestros de la congregación, los separaron para la misión gentil (Hch 13.1ss; ver. Gl 2.9). Su primer viaje misionero, que comenzó con una visita a Chipre, produjo una cadena de iglesias que se extendió hasta el Asia Menor (Hch 13.14). Al regresar del viaje, Bernabé tuvo otra misión importante cuando lo nombraron junto con Pablo para presentar la cuestión de la circuncisión ante el Concilio de Jerusalén (Hch 15). Su ministerio se reafirmó y parece que Bernabé se destacó más que Pablo en el Concilio (vv. 12, 25), tal vez por ser el representante original de Antioquía. Sin embargo, para no oponerse a Pedro, en una ocasión Bernabé contemporizó con las convicciones de este sobre la aceptación de los gentiles, dejando de comer con ellos en Antioquía (Gl 2.13). Según Hch 15.36-40, Bernabé y Pablo se separaron y aquel navegó acompañado de Juan Marcos, rumbo a Chipre. Sin embargo, el testimonio posterior de Pablo referente a Marcos (2 Ti 4.11) parece indicar que este aprovechó mucho el trabajo con su primo.

[4] El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios». Catecismo de la Iglesia Católica, 2473